Cabo San Pablo, y el fantasma del “Desdemona”

Resulta que un día le pusimos a un grupo de Whatsapp de salidas el nombre de “Cabo San Pablo”. Hacemos eso como proyecto de salida o viaje, con el nombre del destino, e incluimos dentro del foro a quienes les interesa ser parte.

El domingo 28 de octubre fue la realización del “Proyecto Desdemona”. O como se le llamó oficialmente en la Agrupación Latitud54Sur: “Expedición Cabo San Pablo” (www.latitud54sur.com.ar). 
Quique (Vstrom 1000), Eduardo (Versys 650), Alfredo (DR400), Ricardo (XT250), Alejandro (Tornado 250), Walter (KLR 650), Nicolás (AfricaTwin 1000), Nacho (VStrom 650), Augustus (SMX400)

El día anterior preparé la moto. Decidí no llevar TopCase porque serían casi 100 km. de ripio y quería evitar roturas. Instalé el bolso Oggio y el sobre tanque GiantLoop, y con eso me bastó. Cargué combustible y lubriqué cadena. No ajusté suspensiones porque lamentablemente no tengo la herramienta adecuada para el Monoshock, pero igual funciona para mi.

A la mañana siguiente paso por la casa de Quique, casi vecino mío, y salimos juntos hasta el lugar de encuentro de preferencia: la “Rotonda del Indio” que se encuentra en la entrada de la ciudad. En la YPF esperamos a los demás, y pronto ocho viajeros estábamos alistados para partir. El clima se anunciaba agradable, pero las nubes plomizas auguraban algo muy diferente. De todas maneras íbamos a cruzar la cordillera y del otro lado siempre es diferente. O casi…

Comenzamos a rodar:

La negra ruta iba dejando detrás las aspiraciones sarcásticas de nubes
aún más negras. Mi moto, toda blanca, se reía de ese hecho como si no le importara mojarse un poco. Además íbamos en otra dirección.
Tomando las curvas que delinean la Ruta 3 entre Ushuaia y Tolhuin, nos divertimos jugando entre el asfalto y las irregulares y borroneadas líneas del camino, estábamos felices.

Cien kilómetros y una hora mas tarde nos detuvimos casi como por cábala en la Panadería “La Unión” de la ciudad mediterránea de Tolhuin. Las motos pudieron descansar frente a la entrada, donde en un lapsus de imaginación y buen criterio, la municipalidad había instalado un estacionamiento exclusivo para motovehículos. Y además entrabamos todos!, los nueve. Sí, ahora eramos nueve. Al llegar a la ciudad se nos unió Ricardo con su Yamaha 250 que venía desde Río Grande, 100 km. mas al norte, en lo que iba a ser su primer salida de aventura en moto. Con mucho entusiasmo y actitud sumó su máquina al grupo y la comunidad de los nueve se constituyó instantáneamente. Allí mismo comenzaron los avatares propios de una aventura, porque no importa lo lejos que quede el destino, o cuan salvaje sea éste, si se accede por asfalto o por impenetrables berenjenales, importa que una aventura se configura en cuanto comienzan a aparecer vicisitudes que requieren de soluciones creativas para poder continuar y contar una historia, o quedarse atrás desolado y frustrado.
Al principio del viaje me imaginaba un corto relato sobre lo que se mostraría en algunas fotos. Pero desde este punto en adelante comencé a darme cuenta que toda salida en moto tiene su cuota de aventura, de incertidumbre, de dificultad oculta detrás de cada piedra del camino, de cada curva, de cada elemento con el que interactuemos, y especialmente, detrás de cada uno de nosotros…

Cuando nos detuvimos algunos kilómetros mas adelante, en el desvío que tuerce hacia el Este en dirección al Cabo San Pablo, súbitamente nos dimos cuenta que volvíamos a ser ocho. Alejandro no estaba. Eso nos puso mal con nosotros mismos. Dentro de nosotros había un reproche al entusiasmo desmedido, donde cada uno se cargó la culpa de no habernos contado y verificar que cada uno estuviera donde tenía que estar. Sin deliberar mucho más, Quique acelera en su VStrom 1000 en dirección sur a buscar al jinete extraviado, que minutos mas tarde, aparece con su Tornado negra seguido de lejos por su buscador, y nos contó que había ido al supermercado y se demoró un poco más, no nos vio, nos busco infructuosamente en la ciudad, y enfiló para el desvío. Pero no hay nada que no tenga una consecuencia, sea buena o mala. Esta vez fue buena porque había conseguido algunas cosas ricas que luego todos disfrutaríamos.

Avanzamos a buen ritmo por el sinuoso camino de tierra. Un camino que nace desde la Ruta Nacional 3, y se interna hacia el este por los límites exteriores del “corazón de la isla”, la parte central de Tierra del Fuego, donde los árboles de Ñire, Lenga y Guindos, con sus típicas “barbas de viejo” hacen que todo el conjunto del bosque parezca uno de esos lugares mágicos de las películas fantásticas. Eso si, sin ogros ni arañas gigantes. 
Un zorro colorado cruza delante de mí. Cree que no lo veo porque pasa muy agazapado y veloz, casi rozando el suelo con el vientre. “Un depredador blanco en forma de moto”, habrá pensado, y por las dudas no volvió la vista atrás y saltó sobre la maleza. 
Los huellones de barro, el aroma silvestre, la vista del mar allá a lo lejos que aparece tras las matas cuando me veo obligado a pararme en los estribos para pasar un guardaganado, los guanacos distantes que me ven pasar con expresión de asombro; “Qué caballo mas raro!” dirán.-
Pronto la costa atlántica fueguina comienza a asomar detrás de los montes y bosques; es la estampa perfecta, el aire perfecto, el estado perfecto de armonía. No puedo evitar detenerme a un costado, apagar el motor, y admirar absorto lo imponente del paisaje. Un ronronear conocido hace eco entre las rocas. Quique, Ricardo, y Edu pasan a mi lado saludando a la cámara. Los saludo, monto, y los sigo.

A poco mas de andar, el grupo se reúne en el estacionamiento del circuito turístico del faro. Una sensación de modernidad me invade. La última vez que anduve por aquí tan solo era una entrada de huellas que iban hasta la playa. Hoy las pasarelas de madera, prolijas y repletas de señalizaciones, le quitan un poco del aire salvajemente patagónico que tiene la zona, pero como eran prolijos, estaba bien, no era para quejarse tampoco. Decidimos continuar una vez reunidos los nueve para llegar al destino principal de nuestra expedición: el “Desdemona”.

Desde la curva anterior al cabo, pasando el faro hacia el Este, lo primero que llama la atención a la vista (mas allá del río, el puente precario, la hostería abandonada, o las aves en las alturas), es un enorme casco, ocre y oxidado, abandonado en mitad de una inmensa playa, parte de una mas inmensa bahía, detenido en su última escorada trágica en el año 1983. El carguero, gigante dormido, descansa impertérrito sobre una cama de arena y rocas luego de su naufragio en el que toneladas de bolsas de cemento destinadas al puerto de Río Grande, perecieron transformadas en sólidas momias silenciosas. Con marea baja es posible acercarse hasta el casco, oir el rumor de sus remaches, oler el aceite derramado al encallar contra las piedras, y sufrir los gritos de la tripulación en el último momento insalvable de semejante coloso. Hoy, después de 35 años de soledad recibiendo, bien las caricias de un mar calmo, o bien el embate de olas tormentosas contra su frágil estructura osea, el Leviatán recibe a los nueve aventureros quienes nos acercamos respetuosamente a inmortalizar el momento con fotos de nuestras motos. Las huellas en la arena húmeda, el contraste con el metal oxidado y el tamaño imponente de un barco contra una moto, nos hace disfrutar de la magia del fantasma del Desdemona, que siempre se deja oír cuando se presta debida atención a los susurros del mar.

Rendido homenaje al navegante sin mar, éste se cobró un trozo de máscara de la VStrom 650 de Nacho, que al acceder al lugar y sobrepasado por un pozo de arena suelta, dio contra el terraplén de tierra quebrando el plástico de bello color bordó del frente de la moto. Desde entonces lucirá un toque de distinción gris de la cinta DuckTape que lo sostiene en su lugar.

Las emociones se entremezclan. Nostalgia por la imagen solitaria del náufrago de hierro, y por haber alcanzado el objetivo, lo que implicaba el comienzo de la etapa de retorno. Alegría por disfrutar de las motos en la arena y las rocas, y las fotos de calculado encuadre. La sorpresa por el día que se nos regala y el hambre que invade nuestros estómagos nos invita a montar y dirigirnos a un predio elevado, sumergido en un bosque de Lengas, donde tendemos la bandera de Latitud 54 entre los manillares de las motos, y abriendo alforjas, maletas y mochilas, exponemos al abierto cielo todo nuestro arsenal culinario envidia de mas de uno, especialmente por los “Nuggets” en forma de dinosaurio con que nos convida Eduardo. No faltó tampoco el café expreso “fato in situ”, y otras cositas que alimentan el cuerpo y el espíritu.

Como nada es perfecto para siempre, y el clima por estos lares suele tomarse ese concepto muy en serio, el viento comenzó a levantarse fresco desde el sudoeste, y las nubes altas y grises sugerían al conocedor del idioma tipo nube, que nuestro futuro próximo era mojarnos. Y mucho.
Guardamos los restos, empacamos en maletas, nos pusimos chaquetas y medias. (Es que nos gustaba disfrutar de la energía de la tierra en ese lugar tan especial. Especial por sí mismo, y porque estábamos ahí todos juntos).
Pusimos en marcha motores y volvimos por donde habíamos venido, despidiendo el inmóvil carguero con una última mirada de admiración por su resistencia al tiempo. Cruzamos el puente del río. Pasamos junto a la hostería abandonada (otro golpe a nuestra nostalgia), y volvimos a detenernos en el estacionamiento urbanita. Pero esta vez con malas intenciones.
Llevamos las motos hasta la playa. Y no contentos con eso, decidimos ascender hasta el segundo mirador a mitad de camino del faro abandonado y a punto de derrumbarse cual torre de Pisa, que se suma al listado de elementos nostálgicos y típicos de estas solitarias costas patagónicas. 
Allí, sin ánimos de luchar contra un sendero empinado, plagado de pozos de arena y huellas de barro, con curvas cerradas, algunos quedan admirando el inmenso mar desde media altura, mientras otros mas audaces, decidimos llevar a nuestras motos a conocer el faro de la cumbre. Así fuimos trepando hasta donde apenas si se podía dar la vuelta a las máquinas. Otra plataforma impecable de madera, cartelería, y unas imágenes de ensueño que alegraron aún mas nuestros corazones. Además habiamos llegado hasta ahí, y en moto. ¿Qué más queríamos? ah, si, las fotos de rigor.

Al descender, notamos que varios compañeros estaban sobre la KLR de Wally. Y resulta que el brioso caballo dio un respingo en uno de los pozos de arena y se estrelló de frente contra el piso. Otra cacha destrozada reparada con la mágica cinta gris. Que nunca falte en las maletas de un motoviajero! Lamentablemente el tobillo del jinete se resintió en la caída, y lo sufriría todo el camino de vuelta.
Ya puestos en aviso de que nuestro viaje había llegado a su fin, decidimos no hacer mas locuras (como ir a derrapar en la playa) y nos dirigimos a la ruta para disfrutar de una tranquila vuelta a casa por 50 km. de tierra, y mas de 100 de asfalto. Pero la aventura es la aventura, como decía Belmondo, y ésta aún nos tenía reservados un par de Ases bajo la manga.

A poco mas de la mitad de camino mi moto comienza a danzar sobre su rueda trasera. Un baile que no tenía nada de erótico y mis temores, metro a metro, se tornan cada vez mas reales. Nunca llegué a completar el kit de reparación de pinchaduras, y por lo visto, acababa de pinchar.
Detengo la moto a un costado evaluando las escasas posibilidades. De todas formas la ventaja de ir en grupo es que cada uno lleva algo de lo necesario. La desventaja de ese momento era que nos habíamos separado en distancia y el tiempo nos jugaba en contra. El tiempo etéreo y el tiempo meteorológico también.
Cuando apago el motor vuelvo a sentir esa paz, esa tranquilidad, pero esta vez era la calma que precede a la tormenta. La tormenta climática; se venía la lluvia. Para mi suerte, algunos compañeros iban un par de kilómetros detrás de mi, y pronto pararon a preguntar que pasaba. Sus ojos se opacaron igual que los míos al ver la cubierta desinflada. -“tenés compresor?”- “No” – respondo. -“Palanquetas para desarmar?”, “tampoco”. Solo traje parches y las llaves para sacar la rueda” – 
Bien, empecemos a ver que juntamos. Desarmo con las llaves de 19 y 21, utilizo mi infaltable “maderita” para elevar la moto, ya que no tengo caballete central (Técnica que me salvó en el viaje a Pto Natales)
Probamos con espuma autosellante que Nico tenía en su Africa Twin. No funciona. Desarmamos con las palanquetas que Alfredo traía consigo en la Dr400. Parche sobre una parte que parecía mordida. Cámara “made in china”, hmmm… mal presagio. Armamos, inflamos con otro spray de espuma y queda bien, al menos eso parece. Me subo, aguanta, y arranco. 
Lleno de grasa, tierra, bronca, tiempo en contra, el “Tail Bag” desordenado y lleno de tierra, recorro un par de kilómetros más hasta que la danza macabra vuelve a alterar mis nervios. Ya no hay amor en este asunto, ni juegos de seducción. Estoy realmente enojado.
Vuelvo a parar y confirmando que la cubierta esta totalmente desinflada inmediatamente comienzo a desarmar otra vez. Llegan los demás y no quiero ni imaginar las maldiciones en sus pensamientos. Pero no, son tan buena gente que se toman todo con humor, y me hacen sentir más animado. Igualmente me sale disculparme por el retraso que estoy causando. La noche se nos avecina, junto con el pronosticado mal tiempo. 
El panorama “no podría ser peor, eso no me arregla a mi”. La cámara china había estallado. En fin, esta vez sí necesitamos ayuda extra. Pero el grupo siempre tiene la respuesta! Nicolás zarpa con su blanca nave en busca de Walter, que en algún momento dijo al pasar, muy al pasar, que llevaba una cámara de repuesto en su KLR. Alabado sea!. Traen la cámara pero wally no quiso pilotear camino extra por el dolor de su tobillo. También rescataron el compresor eléctrico que tenía Quique. Pasa como rayo la Honda a nuestro lado, deteniéndose como cien metros mas allá. Hicimos las maniobras necesarias, y en menos de lo que cruza un zorro teníamos todo armado de nuevo, y esta vez sí, funcionando correctamente. Ya no hubo más bailes indomables, de cámaras chinas sin erotismo y jinetes desamorados.

El resto de la vuelta transcurre tranquilo. Nos reagrupamos en la intersección con el asfalto, donde Ricardo, el hermano de Quique, entusiasmado a mas no poder por haber realizado su primer expedición motoviajera, es despedido con honores en su regreso hacia la ciudad norteña de Río Grande. El resto volveríamos a Ushuaia hacia el sur.
Volvemos a parar en la YPF de Tolhuin para alimentar los sedientos tanques de las motos y chequear correas de ajuste, tuercas, y otros cacharros que llevamos, a veces innecesariamente, pero que queda lindo. 
La noche se cierra sobre nuestros cascos. Nos atrapó. A nadie le gusta viajar en moto de noche.

Pequeñas gotas comienzan a dibujar patrones de puntos en los visores de los cascos. Son pocas, insignificantes, hasta graciosas, pero en casi todas ellas puede leerse la advertencia: “No pierdan más tiempo!”.
No lo hicimos. En esas situaciones cada moto y cada jinete tienen sus propias formas de afrontar la nocturna y chispeante realidad. Unos rápido y con altos reflectores, otros lentos y temerosos, otros con nada que ilumine mas que un fósforo, otros mojados, otros más mojados aún, pero cada uno debía seguir su propio ritmo de seguridad.
El oscuro asfalto, como noche sin luna, parecía un agujero negro que se tragaba toda la luz que uno le proyectara. Las gotas de agua, en franco aumento de intensidad y tamaño a medida que avanzamos hacia el sur, reflejaban las propias luces de la moto y se acumulaban en comunidades de charcos que estallaban al paso de nuestras cubiertas. Enciendo los faros Led auxiliares y del susto me detengo al costado del camino casi instantáneamente. Todo brillaba, y debía constatar que sobre la ruta no estuviese acumulándose hielo o escarcha. Por suerte la temperatura estaba de nuestro lado. Continúo con el visor un poco abierto, ya que el agua chorreando sobre él me tapaba la vista. Cada automóvil que pasa, ya sea de frente o desde atrás, ilumina cada una de las pegajosas gotas en mi visor, las cuales reparten flashes de luces blancas cual diamante tallado, y la ceguera es todavía mas pronunciada. Mis luces refractan en los carteles indicadores de curvas peligrosas, que se vuelven más peligrosas. Las líneas que delimitaban el mas o menos adherente asfalto con el intransitable barro de la banquina parecían estar pintadas del mismo color que la ruta, sencillamente porque en general no estaban allí. Y calado hasta los huesos de agua, me dirijo imperturbable hacia las alturas para cruzar el Paso Garibaldi, punto de cruce de los Andes fueguinos, para dirigirme hacia la única ciudad Argentina que se encuentra del otro lado de la columna vertebral de América. Cruzo el paso sin problemas. Pero encuentro a mis compañeros un par de curvas mas adelante. Esta vez me tocaba a mi ser del grupo de apoyo. Al menos de apoyo moral.

El resto de las motos del grupo estaban con las balizas encendidas brillando en la negra noche, mojándose indefectiblemente bajo la intransigente lluvia de montaña. Una, dos, tres, estaban todas. ¿Acaso soy el último? Me detengo junto a ellos, faltan un par, pero pronto llegan también. 
La KLR de Walter había pinchado la rueda delantera, pero esta vez no había cámara de repuesto que utilizar. Las espumas de reparación no hicieron efecto, y gracias a que milagrosamente había señal de telefonía celular, pudo llamar al Automóvil Club Argentino para que con un remolque fuera a rescatarlo. Y de paso llamar a su esposa para que lo lleve a él. El resto que quisiera irse, (ya que eran pasadas las 23hs), podía hacerlo para no generar 
preocupaciones en los hogares. Los demás nos quedamos esperando el remolque, que tras hora y media aparece bajo la fría lluvia. 
Cargamos la Kawasaki, y ya resignados a todo continuamos viaje.

Mi hora de arribo fue a la 1:30 de la mañana, de un día lluvioso y frío. Cansado y sucio. Pero de todas formas felíz. Porque una vez más, quedo demostrada la calidad humana de los motoviajeros de Latitud 54, amigos, compañeros, y hasta alguno que no había visto nunca fuimos hermanos de aventuras. Y son esas hermandades, sobre todo cuando hay que resolver problemas y seguir adelante, las que afianzan las amistades y configuran recuerdos imborrables, que pasan a ser parte de nuestra historia, de nuestra biografía, y son los que de alguna manera terminan definiendo quiénes seremos nosotros en el futuro. Un ladrillo mas en la estructura de nuestra vida. Y ese es el verdadero sueño que se esconde detrás de cada Perfil del Horizonte.

Salida: Punta Paraná, Almanza. Y el día del “estreno”

Generalmente, toda salida dentro del territorio de la Isla Grande de Tierra del Fuego debe incluir, casi como norma, los avatares para enfrentar un clima adverso. Especialmente si la fecha ronda cercana al 12 de octubre. En esta breve salida de fin de semana, ese concepto se puso especial y brutalmente en evidencia.

Teniendo en cuenta el fin de semana largo particular de nuestra isla, por conmemorarse además de las efemérides tradicionales, el día de la ciudad de Ushuaia (con desfile cívico incluido), junto a varios integrantes del Grupo Latitud 54 Sur de motoviajeros se organizó una salida a Punta Paraná. Una locación 10km más allá de Puerto Almanza, un pueblo pesquero de la costa del Canal Beagle.

Plan de viaje: Salida día Domingo 14 de octubre, regresando el día Lunes 15. Distancia: 40 km por Ruta 3, y luego 40 más por la ruta complementaria J, de ripio y tierra, haciendo noche en la Chacra “Ruca Kellen”.

Previsión meteorológica: Domingo bueno. Soleado y sin viento. Lunes: Apocalypsis Now! evolucionando a cataclismo oscuro hacia las 15 hs.

Como buenos moteros de tierra del fuego, cabezones y tercos, salimos igual. (es que ya habíamos comprado la comida, es eso)

El domingo como es costumbre, nos fuimos reuniendo en la famosa “Rotonda del Indio”, lugar de acceso a la ciudad, ubicada a metros de la salida oficial de la zona urbana. No pasó mucho tiempo hasta que todos cargamos combustible, organizamos la logística, y partimos. Con buen tiempo y mejores ánimos.

Es de destacar que ya en esa primera instancia, algunos de los viajeros, mostrando respeto por el clima, decidieron por esa causa y alguna otra, viajar en vehículos de 4 ruedas. ( y como agradeceríamos eso después!). Mas o menos la mitad eran motos, la otra, camionetas. Unos 7 y 7, si mal no recuerdo.

Iniciamos la rodada sin novedad, y como es costumbre, las motos primero y los vehículos de apoyo detrás.  Parada de rigor a la entrada de la Ruta J, y continuamos por un camino un tanto húmedo, pero que no proponía grandes inconvenientes.

Cerca de la mitad del recorrido, comenzaron a sentirse los primeros efectos del deshielo reciente… más diría, aun en proceso. Y la tierra se convirtió en barro, y el barro en arcilla resbaladiza, y la arcilla resbaladiza en dolores de cabeza. La mayoría de las cubiertas que teníamos eran con tacos, en motos Dual Sport, y mal que mal, las podíamos llevar. Solo una, la Suzuki Vstrom 1000 con cubiertas de calle, sufrió primero de los efectos deslizantes de la calzada que comenzaba a no querer perdonar a los mas atrevidos. Cuando las KLR, DR 650, Tornado y demás motos con cubiertas entancadas comenzaron a tener problemas (aunque no graves), la Vstrom ya hacía rato se había vuelto sobre sus huellas en busca de un coche mas estable y seguro con el que igualmente disfrutar el destino. Una moto menos.

No sin sentir un poco el baile frenético de la rueda trasera queriendo salirse de control sobre la arcilla resbalosa y los pozos asesinos, llegamos a la entrada del pueblo pesquero de Almanza, donde algunos perros aburridos encontraron la diversión de la semana persiguiendo contentos nuestras motos que esquivaban a rítmo de macumba los pozos, charcos y piedras que abundaban sobre el camino. Pasamos el puente, los cañones / monumento del antiguo conflicto apuntados hacia tierras chilenas (que gracias a Dios nunca fueron disparados), y la escenografía nos regaló uno de los paisajes mas hermosos de la zona, con caminos en continuas curvas y contracurvas, subidas, bajadas, bosques, vistas al mar y custodiado por paredones de rocosas montañas. Así hasta llegar al parador, donde desmontamos, nos estiramos, y poco a poco, comenzamos a disfrutar de un sol que iba prometiendo calidez, una brisa que iba disminuyendo en intensidad, y una paz propia de esas costas del Canal Beagle. Pronto llegaron los vehículos de apoyo, descargamos las provisiones, y se instalaron las hornallas para comenzar a preparar un almuerzo bien merecido.

El día domingo transcurrió alegre, pacífico, con sol, mates, tortas, charlas, alguna caminata a las cascadas cercanas, alguna salida intrépida en moto hasta la estancia Moat, y el armado pausado y tranquilo de las carpas para pasar la noche. Noche en la que el fogón para el asado, la calidez del quincho, las partidas de “truco” y las bebidas espirituosas acompañando relatos de antiguos viajes, o próximos proyectos, impregnaron de buena salud mental a todo el grupo.

Solo una voz… profunda y grave, en el fondo de nuestros corazones (o al menos en el de algunos) decía amenazante: “mañana se pudre todo”, si, así en ese tono grosero. Así que nos dedicamos a disfrutar el doble. Alea Jacta est dijo el Cesar.

Amanecer del día Lunes. De los cuatro jinetes del apocalipsis que se aproximaban, al menos dos ya habían tocado tierra. La mañana despertó lluviosa, gris, fresca, y con un viento que no se decidía si seguir soplando duro y cruel desde el sudoeste, o lento e implacable desde el sudeste… para nuestra desgracia, el Dios Eolo optó por lo segundo. Que dicho sea de paso, en otras épocas más estivales, no sería un mayor problema esa lluviecita constante cayendo sin pausa y mojando absolutamente todo. Pero en octubre…. en octubre el tercer jinete ya estaba apeándose de su bestial corcel.

Y así fue como pronto se comenzaron a elaborar planes alternativos. Las motos estaban empapadas, las carpas empapadas, nosotros empapados, el camino.. bueno, el camio cada hora era mas parecido a una sopa aceitosa que a un verdadero camino. De todas formas, nos entregamos al placer de la compañía y al ya casi listo “pollo al disco”… no hay opción, hay hambre y todos a las mesas a disfrutar del almuerzo en un mediodía fresco y lluvioso. El cuarto jinete al parecer no tenía hambre, porque aprovechó nuestro descuido para llegar a tierra él también, y pronto comenzaron a caer copos de nieve. La angustiosa vuelta se acababa de configurar. Y prestos a no perder mas tiempo, empacamos, encendimos motores, y salimos raudos. (Aunque no fue tan raudo como hubiésemos querido).

De nuevo, motos primero. Menos dos, que bajo la certeza de prudencia subieron sus patas al trailer y viajaron seguras. De las cuatro motos restantes, la Suzuki DR 650 arrancó, salió, y no se la vio más. Si había una moto adecuada para ese terreno en ese momento era la Suzuki.  Emilio en su Tornado, Lolo en su Dl650, y yo en mi smx 400 salimos juntos, luchando contra las inclemencias que iban en franco aumento; Pozos llenos de agua marrón, ripio resbaladizo, visores empañados, algunos perros menos, frío que cala los huesos, ya calados por la lluvia, motos empapadas, copos de aguanieve presagiando malos augurios, y el sentimiento de culpa de no haber salido mas temprano.

Y así recorrimos casi 30 de los 40 kilómetros que nos separaban del asfalto, que no era ninguna garantía tampoco. De hecho no lo fue, ya que al pasar mas tarde, vimos un par de accidentes vehiculares producto de las malas condiciones y el hielo acumulado en la vía. Pero volviendo a las motos…

Mas o menos, mal que mal, de una forma u otra, o como quede mas didáctico, continuamos viaje, soportando estoicamente el clima que empeoraba a cada kilómetro. Y entonces… tres… dos…. uno…..  calma total. ¿donde fue el viento? ¿que pasa con el aire? está raro. Copos.. ¿que? ¿así, de ese tamaño? nooo, no puede ser…

Si, puede ser. Copos de nieve del tamaño de un plato caían sobre la ruta desde la luz que dejaban los árboles que rodeaban el camino. Sin viento, y sin nada que los alejase de posarse y acumularse frente a nuestras cada vez mas incontrolables ruedas, de repente, y como por arte de magia, en menos de cinco minutos la blancura resbaladiza nos tomó por sorpresa y nos cayó encima como una manta blanca con la que nuestros jinetes del apocalípsis se regocijaban tendiendonos la trampa final.  Y salvo la Dr650 que salió justo a tiempo, a nosotros tres nos atraparon.

En esa instancia las motos comenzaron a perder tracción. Delante mío la Vstrom dio un trompo clavando la maleta sobre la tierra, y después de dos giros se detuvo a metros de la banquina anegada. Por suerte sin consecuencias graves. Por mi parte, me costaba controlar la moto por tres básicas y no tan elementales razones: el frío había causado que el cable del acelerador se pusiera extremadamente duro y no reaccionara con la presteza necesaria para controlar la velocidad en tan malas condiciones; mis dedos, a pesar de los guantes de pluma y los ingeriores térmicos, también se estaban congelando y perdiendo sensibilidad, aumentando así​ la disfunción de todo el sistema. Y a todo aquello había que sumarle el estado del camino con casi 2 cm de nieve mas la arcilla de fondo, y la caída natural de la calzada hacia los costados. Todo un conjunto de efectos que lograron hacerme perder el control, y terninar desparramado en el suelo ¡por primera vez en mi vida! si, según algunos, me acababa de bautizar como motero. No fue grave, venía muy despacio, pero mi pié quedo atrapado bajo la moto, ya que estaba sentado muy encajado entre el equipaje y no pude soltar a tiempo la máquina. Pero la bota Gaerne cumplió perfectamente su función protegiéndome el pie sin un rasguño ni dolor. El traje de agua sufrió el desgarro en brazo y pierna, mi codo un moretón sin importancia, y las defensas laterales de la moto un poco hundidas y raspadas, también cumplieron perfectamente su cometido al proteger el pedal de freno y las cachas. Una caída con suerte. (suerte que venia despacio). A esa altura decidimos parar. No tenía sentido seguir así y arriesgarnos a cosas peores. Al mirar hacia la izquierda, una casa nos pareció la mejor opción para algo que parecía vergonzoso pero era lo mas prudente: Dejaríamos las motos a resguardo allí, y seguiríamos en los vehículos de apoyo. En ese momento vuelve la Tornado que al no vernos por los retrovisores, a pesar del riesgo giró 180 grados y volvío a buscarnos para encontrarse con el panorama de ajetreo que había en medio de la ruta. El dueño de la estancia estuvo de acuerdo, y allí mismo, bajo un Ñire (árbol autóctono) tan sorprendido como nosotros, dejamos descansar las tres máquinas y empapados, golpeados y frustrados nos subimos a un motor home, y tomando mate volvimos a la civilización. Al día siguiente planificaríamos el rescate de nuestras motos.

Día Martes, no te cases ni te embarques. Pero rescata tu moto!
Coordinamos los tres en dos pickup, y fuimos a buscar las motos dejadas a 50km. El clima no había mejorado mucho, así que el plan desde un principio fue cargarlas en las camionetas. Lo hicimos y volvimos, descargando en cada domicilio las embarradas motos, y organizando las reparaciones y lavado en el primer día soleado que apareciese. Fue recién al sábado siguiente. 

Asíes la Tierra del Fuego. Todo puede suceder en un solo día, y siempre hay que estar preparado. Pero supongo que esa es la esencia de la aventura.

Buenas rutas, hasta la próxima.

Lo que SI y lo que NO del equipamiento del viaje a Natales

Analizando todo lo que llevé, lo que dejé, y lo que hubiera necesitado

El viaje a Puerto Natales ah sido, en toda su regla, el primer viaje de aventura en moto que pude vivenciar. Lo tuvo todo; La ida fue en solitario, me encontré con hielo en la ruta, en pleno cruce de los Andes, pinche un neumático en una zona de poco auxilio, cruce fronteras, iba tarde, tuve que conducir con mucho viento patagónico, lluvia, granizo, algo de nieve, y mucho frío. Rutas mojadas, congeladas, de asfalto, de pavimento, de tierra, de ripio, en caminos alternativos, en rutas en construcción, de largas rectas aburridas a estrechas curvas cerradas, camino de montaña, o junto al mar, o en medio de la nada, crucé el estrecho de Magallanes en ferry, tuve que buscar alojamiento de noche y con lluvia, administrar el combustible por falta de estaciones, administrar el tiempo, los kilómetros y el cansancio. En Argentina, cuidarme de los conductores irresponsables, y en chile, donde me sentía mucho mas seguro, había que prestar mucha atención a las señales de tránsito… todo eso en solo tres días y 1700 km. En definitiva, todo un minicombo bastante completo, típico de éstas latitudes.

Pero a lo que apunta este post, es a evaluar qué cosas llevé de más, y que cosas me hubieran venido bien. Es un análisis subjetivo, pero que a mi me es mandatorio para encarar mejor preparado el próximo viaje.

Lo más POSITIVO:

-Las cámaras.
Llevé 5, y todas cumplieron su función. Nikon D5600 para buenas fotos y videos full HD; Samsung DV300f para videos en general, fotos automáticas y casual shooting; GoPro Hero 5 Black para escenas de aventura, junto con una SJ Cam HD (china) de repuesto; Motorola Moto X gen2 como camara inmediata de 12mpx y además el smartphone era mi computador personal donde llevo siempre toda la info, desde GPS, mapas, y datos hasta app del tiempo, comunicaciones, etc… Esto incluyó un minitrípode, un bastón de selfie bastante largo, cables, cargadores y baterias.

-La vestimenta.
Bastante bien. Como siempre viaje con mochila y recorrí muchos lugares antes de montar una moto, el equipamiento de acampada y vestimenta no me es mucho problema. El pantalón tipo ´cargo´ marca REI, con piernas desmontables, es verdaderamente un excelente compañero. Es discreto, tiene bolsillos cómodos, se transforma en bermudas, y es de tela suave que ocupa y pesa poco, ademas de tener unas mínimas propiedades repelentes al agua.
La primera piel térmica es fundamental, segunda piel de micropolar, ademas de una tercera piel liviana de plumas, todo debajo de la chaqueta de motocicleta, una DUHAN (copia china de las Rev´It) tipo adventure bastante buena y cómoda, con protecciones de espuma densa. Y por si fuera poco, e hiciera falta, un chaleco reflectivo de tela mesh, o en su lugar, el traje de lluvia marca LS2, color fluo. Con todo ese equipo, hubo veces que tuve un poco de frío, pero mas que eso sería incómodo.
En las piernas, primera piel térmica, y el pantalón de moto de cordura con protecciones. Casi bien.
Guantes de moto marca Komine (japoneses) rellenos de pluma de ganso, que junto con unos guantes finos de primera piel resultaron una elección muy beneficiosa. Casi ni sentí frío en las manos.
Medias térmicas para esquí, que están diseñadas para botas cerradas con poca ventilación. Ideales para las botas de aventura GAERNE, de cuero impermeables.
Casco LS2 436 Pioneer. Genial ese casco. Es tipo adventure, multifuncion: se quita la pantalla para usar con antiparras tipo cross, visera ajustable o removible para convertirlo en integral. La pantalla es amplia con mucha visión, y se puede retraer hacia atrás de manera muy cómda, para usar los lentes retráctiles incorporados y sentir el fresco en la cara. La visera no molestaba con los vientos por demás fuertes, y a 120Km/h. Perfecto!
Un par de remeras, zapatillas, medias y ropa interior, un polar finito NorthFace, la remera para dormir. Todo dentro de un bolso estanco náutico de 20lt. (Normalmente utilizaría el bolso estanco para moto de 35lts SW-Motech, pero me pareció excesivo para este viaje.

-Maletas.
Sobre este tema escuché muchas posturas diferentes. En cuanto a mi punto de vista, me parecen un adicional muy importante en la moto de viajes. Con su rigidez protegen la moto y al piloto de caídas. Son relativamente seguras con trabas o candados. Podemos almacenar cosas que por su peso, forma, o disposición sería complejo guardar en bolsos. Para mí las maletas cumplieron perfectamente su función, no molestaron, no vibraron, y no tuvieron ningún tipo de inconveniente. Y eso que no son de alta calidad. Son las valijas Ruta00, hechas en pvc. El sistema de anclajes es muy deficiente para quitar o poner de manera sencilla. Por eso permanecieron siempre colocadas en la moto. Pero dentro llevaba el infaltable bidón de 5lts de combustible, 1l de aceite de motor, lubricantes, herramientas, etc.

-Tail bag
Dentro de la categoría de maletas y bolsos, el que cargaba en el portaequipajes de la moto es un especial. Es el que siempre llevo colocado. Un Ogio tailbag de tela, que se ajusta perfectamente, trae cobertor para la lluvia, es durable y seguro. Me encanta este bolso, que aunque no permite la misma seguridad que uno rígido, su mínimo peso y funcionalidad son suficientes. Allí guardaba todo que necesitaba tener a mano, electrónica, cablerío, snacks y agua.

-Herramientas.
Lo más, y en realidad lo único que utilicé y me sacó de un apuro, es el trozo de madera dura para colocar en la horquilla para poder lubricar la cadena con la marcha puesta, y en este viaje en particular, para poder quitar la rueda trasera (cuando sufrí la pinchadura.

-Porta celular del manillar
Este objeto, en realidad un adaptador para celulares que traía el bastón de selfie ajustado en un soporte de GoPro, fue una joya para el tablero. El smartphone queda firmemente ajustado, protegido debajo del parabrisas, permitiéndome ejecutar cualquier aplicación que necesitara (tablero electrónico con gps, mapas off line, incluso cámara enfocando al piloto). La conexión es mediante Usb al adaptador del manillar.

-El adaptador de corriente universal.
IMPERDIBLE. Algo que no puede faltar, ya que al ir al extranjero, los sistemas de conexión eléctrica varían. Como adicional, el adaptador que utilizo trae dos puertos Usb, de 5v para cargar dispositivos, con lo cual evito de llevar transformadores. Esencial equipamiento de viajero.

-La muslera.
Que acertado al haber comprado una muslera Alpinestars. Llevaba allí la documentación mía y de la moto, una Victorinox, una linterna y la cámara de fotos compacta. Además podía guardar allí el teléfono con su batería externa cargándolo, libreta, y otras cosas útiles. Resultó aguantar muy bien la poca lluvia que la alcanzaba, y quedaba firme ajustada a mi cintura y pierna. Lo mejor, que cuando bajaba de la moto, no debía llevar nada extra, porque lo importante iba conmigo.

Lo más NEGATIVO:

Hubo dos o tres objetos que realmente podría no haber llevado, o que debería haber llevado otros de mejor calidad.

-Adaptador Usb-12v
Un verdadero dolor de cabeza, y casi el responsable de dejarme con la instalación eléctrica freída. Este gadget, que no es mas que un toma macho para la entrada de 12vol, con un puerto Usb en el otro extremo, lo utilicé para alimentar el smartphone cuando cayó la noche, mis luces no eran de lo más potente y quería saber cuando vendría una curva cerrada, o a cuanto quedaba el próximo cruce o pueblo. Para ello utilizo la App de Android MAPS.ME, con los mapas de la patagonia de Chile y Argentina. Funciona realmente bien, y con el gps del teléfono en modo avión, para no consumir datos de roaming, funciona perfectamente. Este adaptador, con la vibración del manillar, se salía constantemente y terminaba desconectándose. No sé como continué conduciendo mientras con una mano aceleraba y con la otra intentaba dejar eso en su lugar, o trabarlo con el mismo cable o cualquier otra cosa que tuviera a mano. El teléfono ya estaba sin baterías por el excesivo frío.
El tema es que el adaptador se aflojó, y al llegar al hostal y desempacar la moto, el aparato se desarma y las piezas metálicas caen dentro del conector de 12v, haciendo chispazos y hasta llamas al estar fundiéndose el resorte entre el positivo y el negativo de la batería, poniendo todo en corto. No sé cómo, y gracias a los ángeles que cuidan de los viajeros, no pasó nada al sistema, y todo funcionó correctamente.
Lo próximo que haré en la moto, es instalar un toma Usb doble directamente en el tablero, y además quitar ese toma 12v y colocar uno mejor dentro del tablero, que corte la energía al quitar la llave.

-Cables, y mas cables.
Se me fue un poco la mano con los cables, aunque de entrada intenté que no redunden. De todas maneras, es casi imposible evitar llevarlos. La GoPro usa uno específico, el arrancador de baterías lleva su fuente de alimentación, la Nikon su cargador de baterías específico, el GPS usa el Usb anterior (no sé por qué razón, porque es el modelo más nuevo)… en fin, habría que volver a revisar este punto.

-El termo de café (con café).
Esto fue algo que no volvería a llevar.  Un termo muy coqueto, de esos de Starbucks, con café dentro. Ni lo uno ni lo otro. El termo, así como su contenido, fueron y vinieron intactos. Lo mejor es llevar el típico termo de acero inoxidable, si es un Stanley mejor, y un calentador de agua via 12v. Más la botella (en mi caso una de aluminio de 1l) de agua fresca. Con un frasquito de Nescafé instantáneo tenemos todo resuelto, y no andamos paseando un café frío y un contenedor extra por tantos kilómetros.

-Platos de camping.
Ahí le erré. Confieso que los tomé de apuradas a último momento, y no estaba convencido de que fueran útiles, y no lo fueron.
No tenía sentido llevar ese juego, encima eran 2 platos y yo iba solo. No llevaba equipo de camping, por lo cual mi alimentación iba a ser en paradores o “portátil” tipo sandwitch y barritas.
En caso de llevar equipo de acampada, tampoco llevaría esos platitos, ni esos cubiertos diminutos de acero. Ya tengo un equipo SnowPeak de titanio con todo integrado. Sin más.

-Bolsas de residuo hogareñas
La idea era cubrir los alimentos y elementos delicados por si llegaba a entrar agua en las maletas. La cosa es que el agua se mantuvo afuera, y las bolsas se rompían, se volaban con el viento, y no me sirvieron para nada. Sí llevaría 1 o 2 por las dudas, pero dobladas dentro de algún bolsillo.

-El equipo para reparar pinchaduras (pero de bicicleta)
Cierto, sabía que no servía para nada, pero ante no tener otra cosa, lo llevé. Solo me hubieran servido los parches para la cámara, tal vez el inflador manual, pero son cosas que no volveré a llevar. En su lugar, intentaré conseguir el equipo adecuado para motos, para llantas de rayos de gran tamaño (19 y 21)

Lo que FALTÓ:

Soporte de GPS.
A raíz de ello, el GPS tan útil y bonito, quedó relegado en el bolso trasero sin ser utilizado. El equipo lo adquirí hace muy poco, y todavía no tengo un soporte adecuado, que además, sirva para manillar de motocicleta. Ya encargué uno en Estados Unidos, marca RAM, pero va a demorar en llegar. Por lo pronto, me hubiera encantado tenerlo. Si bien el GPS es para uso en montaña, posee muchas características que lo hacen especial para moto. En combinación con el smartphone, suelo utilizar el gps como fuente primaria de conexión satelital, conectado al teléfono mediante bluetooth, y usando en éste último los mapas de MAPS.ME. Y en el GPS propiamente dicho, lo pongo en modo pantalla de datos, con varios campos indicando Velocidad, distancia recorrida, distancia y tiempo hasta el próximo destino, rumbo, altura, y todo lo que haga falta. Además, ese Garmin no es touch screen, con lo cual es perfectamente ajustable con los guantes puestos.

-Regleta mutliconexión.
En realidad nunca conseguí ninguna que me convenza, pero es muy necesario llevar una “zapatilla” con varios tomas para conectar y recargar toda la electrónica, especialmente las cámaras. En algún momento ví unas que eran diminutas, con cable retráctil, multiplataforma y venian con 4 tomas y 2 Usb, especial para viajeros, pero no la compré y no la vi más.

-El calentador de agua.
Ya lo mencioné pero no lo había llevado. Lo compré recientemente, y ya está agregado al equipo de rutina para viajes. Es el modelo de canastita que se sumerge en el termo y se conecta al toma de 12v.

-Herramientas y caballete central.
No llevé llaves para gestionar una reparación de cubiertas. Y lo peor es que pinché. Por suerte con la “maderita” me bastó, pero porque caí en una gomería. Lo mismo que el caballete central de la moto. No lo trae, y si bien me salvé con la madera, si hubiera sido en la rueda delantera, se hubiera complicado aún más.
Otras herramientas si sobraron o faltaron no lo sé, porque por suerte no tuve que utilizarlas.

-Un buen Buff
Llevé mi Buff (para el cuello) estandar, porque mi otro casco trae protección en el mentón y no entra frio. Pero el casco de aventura que utilicé en este viaje tiene la mentonera más adelantada, y sin tela protectora, por lo cual el frío a veces lograba colarse por mi cuello, y el buff finito que llevé no sirvió de mucho. Dejé en casa otro mas grueso, que como tiene unas llamaradas impresas por coqueto no lo llevé, pero lo hará la próxima vez que utilice ese casco.

-Tank bag
Este bolso que va sobre el depósito de combustible, lo suplí con el tail bag Ogio, pero no es lo mismo. El el tankbag se pueden colocar mapas de papel en su cubierta transparente, y guardar de forma segura y muy accesible mientras rodamos, todo tipo de objetos, como anteojos de sol, cámaras, agua, etc. Tengo uno encargado que llegaría en éstos días, un Giant Loop Diablo Pro. Ya veremos como resulta. La idea es utilizar éste, y reemplazar el tailbag por el bolso sw-motech.

Creo que es todo. Tal vez se me esté pasando alguna cosa, que si es importante la agregaré después. Sino, seguro saltará en el próximo viaje.
Seguramente a viajes más largos, equipamiento diferente. Ya estoy en vías de revisar la carpa adecuada, el equipo de cocina, bolsa y aislante, etc.
En la próxima aventura veremos que aprendí de ésto.

Saludos y buenas rutas.

 

Viaje a Puerto Natales, Chile (Continuación)

La Aventura del Viento (Parte II)

Día 2 en solitario, motoencuentro

Buen día! Son las 8:30am, el aroma a tostadas y café invade todos mis sentidos, que ya se encuentran totalmente recuperados. Por la ventana observo el cielo plomizo, que como desafiándome sutilmente, deja caer algunas gotas frías sobre mi moto.

Mientras mi cerebro lentamente se va enterando que hay que moverse, acomodo un poco el equipaje, y bajo a desayunar. Un enorme salón, que antiguamente fuera el living de una casona, alberga dos mesas grandes, con espacio para más de diez personas. La vajilla para desayunos está colocada, pero nadie ha venido aún. Soy el primero. Amablemente me traen tostadas, huevos, dulces, y budines, me preparo un café, y ahora sí, estoy listo para continuar.

 

 

 

 

 

 

Saludo agradecido a los encargados del hostal. Detrás de mí, el portón de chapa del parking se cierra, y mi moto rueda por la calle dejando la huella de los tacos de la cubierta sobre el asfalto mojado. Me dirijo a una cercana COPEC a repostar combustible, lleno el tanque y vuelvo a la autovía de salida de la ciudad, que pasa junto al mar y a esas horas no estaba muy transitada. Llueve, pero ya había salido con el traje de agua puesto. Seco y visible, como se debe.

El viaje es tranquilo. Me esperan 250km hasta Natales por la Ruta 9. La lluvia se convierte en llovizna, y en poco tiempo el sol intenta ganarle la mano a las nubes y asoma de vez cuando, como queriendo dejar claro que estaba ahí, pero que mucho mas no podría hacer por mí. De todas maneras, la ruta era disfrutable, a pesar de encontrarme varias veces con partes tan mojadas, que el spray que levantaba la moto formaba arcoíris que veía por los espejos.

A 95km se encuentra enclavada detrás de un pequeño morro que protege del viento, una pequeña población, tan pintoresca, que parece un pueblo artificial construido para alguna película de Michael Landon. Parada obligada, por cierto. Allí tomo algunas fotos y descanso del viento (porque había viento, pero como ya es parte intrínseca del viaje ni lo menciono). Un ruido muy particular llama mi atención.Seis o siete Harley encienden motores y me sacan bruscamente del ensueño de paz en que me encontraba.

 

 

 

 

Recién ahí noto que había un parador unos metros más allá, donde todos los viajeros estaban descansando. Así volví a la realidad, y veo pasar varias BMW por la ruta, alguna que otra VStrom, (todas equipadas con maletas), y otras motos deportivas. Algunas paraban, otras seguían camino saludando con bocinas, y en ese momento comencé a vivir el ambiente del encuentro internacional de motociclistas. Ya estaba cerca.

 

 

 

 

Me quito el traje de lluvia. Ya no llueve, pero además no quiero parecer un lápiz resaltador en moto y sigo camino. El sol aparece para saludarme y brindarme calor y una muy disfrutable conducción, a pesar de las nubes casi negras que oteaban el horizonte, en el derrotero en que yo me dirigía.

Puerto Natales

 

 

 

 

Entrando a la ciudad, paro para sacar la esperada foto en el cartel de bienvenida con la imagen del famoso Milodón, una especie extinta de mamífero, como un perezoso gigante parecido a los actuales, pero de dos metros y medio de altura cuando estaba en cuatro patas. Allí cerca se encuentra el monumento natural Cuevas del Milodón, (o cueva Eberhard) que son unas asombrosas cavernas gigantes, donde se encontraron los restos de éste animal extinto hace 10.000 años. En este viaje no iba a poder ir a visitarlas.

Sigo por la ruta de acceso y me dirijo por la costanera hasta mas allá del puerto, donde desde lejos ya veía los relucientes cromados de decenas de motos aparcadas en la plaza. Al acercarme escucho la perfecta ejecución de canciones de Deep Purple interpretadas por una banda local que tocaba en medio de la plaza. Busco lugar, voy metiéndome entre motos y gente y con mucha alegría en el corazón lo veo a Quique. Le toco bocina y con cara de asombro y alegría nos damos la mano y me indica donde están estacionadas sus motos. Paro cerca y vienen a mi encuentro Claudio, Lolo, y luego el resto de los muchachos de Latitud54Sur, la agrupación de Motoviajeros de Ushuaia de la cual soy parte. Estaban sorprendidos. Claro, mi último reporte al grupo fue que había pinchado en Tolhuin, era tarde, y no sabía qué hacer. Así que luego de las charlas de como estuvo la ruta, como se portó la moto (de diez realmente), y como se portó el piloto (ehmm… creo que bien), me indican donde acreditarme y voy feliz a registrar mi llegada.

No transcurrió mucho tiempo, cuando comienzan a anunciar que va a comenzar la rodada por la ciudad. Nos enlistamos (yo todavía con todo el maletaje a cuestas), nos posicionamos juntos los del grupo, y esperamos la orden de salida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hicimos el recorrido. Lo de siempre; saludar a la gente, especialmente a los chicos, que se veían súper entusiasmados de ver semejante despliegue de motos de todo tipo y color, recalentamiento de motores, frenadas, no pasar de segunda marcha, y varios etcéteras comunes a todo evento similar. Terminamos en la plaza central del pueblo, donde desmontamos y nos juntamos para la foto oficial, y luego nos dispersamos.

Quique, Lolo y Claudio me guían hacia el hospedaje, que había reservado yo, pero no sabía bien como llegar. Nos íbamos a tomar un rato para descansar, ya que en poco más sería la concentración para la salida a Cerro Castillo, donde sería el almuerzo del evento, y luego iríamos al mirador de Torres del Paine.

El hotel estaba bastante bien. Las motos quedaban dentro del predio, y las habitaciones eran ajustadas pero completas. Quique y yo estábamos en una doble, y Lolo y Claudio en la triple, que amablemente nos cobraron como doble.

Compartimos relatos, les conté mis peripecias, descansamos, y ya con la moto más liviana, nos preparamos para volver a salir.

El grupo ya había salido, pero conocíamos el camino y salimos los cuatro jinetes rumbo al pueblo. La ruta estaba impecable, y además, era hermosa. La prolijidad, los paisajes, el clima que acompañó más de lo esperado, todo hacía que se disfrutara mucho andar en moto. Nos movíamos rápido, 120km/h. Pasamos dos grupos de motociclistas, íbamos realmente felices en el camino.

Llegamos al pueblo, y nos acercamos al playón donde vimos el resto de las motos. Otro de esos pueblos de postal. Mínimo y pintoresco. Nos dirigimos al gimnasio donde nos convidan con unas enorrrrmes (sí, con muchas erres) empandas de carne, con budines y café. Esas mezclas chilenas! Me encantan. El Alcalde pronuncia un breve discurso, emocionado de que tanta gente esté en su pueblo en ese momento, hablan las autoridades del encuentro, y luego en una confusa partida, casi todos vuelven a Natales. (es que la mayoría eran locales, y ya conocían las famosas montañas en forma de torres de granito), Pero nosotros decidimos ir hasta el mirador. Lolo se vuelve, para recorrer el centro y pasear un rato. Claudio, Quique y yo partimos hacia Torres del Paine.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los carteles indican un largo camino hasta el parque, por lo que decidimos, dada la hora, llegar hasta un punto en la ruta desde donde al menos se aprecian las montañas desde lejos. Y deseamos que esas nubes bajas y espumosas tengan otra cosa más interesante que hacer que cubrir lo que queríamos ver.

La ruta, en partes pavimento y de repente ripio, y otra vez pavimento, y así por varios kilómetros, era divertida. Saco mi cámara digital y conduzco con una mano, mientras con la otra intento hacer tomas de los tres, algunas más divertidas que otras, algunas mas riesgosas, pero lo pasamos bien.

 

 

 

En el punto panorámico, nos encontramos con otros moteros de Ushuaia que habían tenido la misma idea que nosotros, y estaban disfrutando unos ricos mates! Ahh, mate! Paremos acá muchachos! Saco unos alfajores de maicena que había traido y los reparto, nos convidan mate y nos quedamos charlando un rato. Hago unas fotos, y unos videos cortitos. Antes que oscurezca emprendimos la vuelta. Disfrutamos la conducción, tranquilos, y yo prometí no molestar más con tomas raras y fotos posadas.

De regreso al hotel, nos duchamos y nos preparamos para ir a la cena de cierre del evento. Fuimos a pie, porque seguro que habría vinos y cervezas (y si que los hubo!), comimos unos ricos chorizos, cordero y pollo, con papas y ensalada, disfrutamos de shows en vivo, charlas, premiaciones, sorteos….

Sorteos: Claudio y Lolo salen con suerte! Ganan dinero y un voucher para el transbordador que lleva de Natales hasta Puerto Montt, para hacer LA CARRETERA AUSTRAL CHILENA!! Todos saltamos de alegría por el regalo que la suerte le congració a Claudio. El resto de las charlas rondaron en torno a la organización de la próxima aventura por la Carretera Austral!

Volvimos contentos al hotel a descansar. Eran pasadas las 2 de la mañana, y habría que volver a casa al otro día. Casi 800km, y el lunes debíamos entrar a trabajar. Por suerte eso no fue tan crítico ya que nos habíamos preparado por si acaso, excepto Claudio que si o si debía regresar.

 

 

 

 

El Regreso. Domingo 24: el día mas duro

Esa mañana nos levantamos temprano. Lo primero que hacemos es chequear el pronóstico en el smartphone. Mala pinta. Viento, lluvia, nieve, y más viento, especialmente viento, y de los fuertes.

Preparamos las maletas, ajustamos el equipo, chequeamos las motos, bajo una leve llovizna y un frío mañanero que nos invitaba a ponernos todo lo que habíamos traído en el bolso. Vamos a desayunar, y allí organizamos la vuelta. Teníamos noticias que San Gregorio seguía sin combustible. Estábamos muy justos. Decidimos ir hasta la intersección de la Ruta 9 y la 255 y allí evaluar nuevamente la situación.

Salimos y paramos en la Petrobras. Lubricamos cadenas, cargamos combustible y bidones, revisamos aceite y neumáticos, y emprendimos la vuelta, bajo el cielo gris, la llovizna fría, y el viento que llegó para quedarse y ser el protagonista principal en esta historia.

Ni bien dejamos la ciudad, el cachetazo atrevido del viento nos dio vuelta la cara con total impunidad. Las motos escoraban como veleros atrapados en un temporal, y la lluvia se divertía cambiando de forma para sorprendernos con nieve, granizo, agua de arriba, de frente, de costado, e intentar hacer que estos desafiantes pilotos se largaran a llorar ahí mismo.

Tanto era el frío, que nadie tuvo que organizar detenernos en Villa Tehuelches. Allí otros moteros habían parado (vestidos de cuero ellos) para protegerse de las inclemencias de un día que parecía no estar en buenos términos con las motos. Nos refugiamos en el pequeño almacén, donde la amable señora que atendía nos sirvió café, y le compramos unas golosinas y tortitas. Calentamos el vientre y el espíritu, pero de nada servía esperar, dilatar la comodidad, porque el clima solo iría empeorando. Esperamos sentados en unos bancos al estilo western a que pasara ese negro nubarrón de granizo sin que nos vea. No nos vió, pero nosotros no vimos al que venía detrás. Salimos de la protección del pueblo y el viento nos ajustició celoso de haberlo engañado.

 

 

 

 

 

Llegamos a la intersección, y paramos en una gasolinera que parecía abandonada. Allí un poco, apenas, protegidos del viento, en un rarísimo claro en las nubes, paramos a decidir. Claudio iría en solitario hasta Ushuaia, y los demás a Punta Arenas. Allí se quedaría Lolo hasta más tarde, porque habaía comprado unas cubiertas nuevas y se las instalarían alrededor de las 3:00pm.

Despedimos a Claudio deseándole buenas rutas, y lo vimos alejarse en su Kawasaki Klr 650. Le espera un duro regreso. Nosotros partimos hacia la ciudad portuaria chilena. Arrancan las dos Suzuki V-Strom 650 de Lolo y Quique, y yo voy detrás con la Gilera Smx 400 Rally, que hasta ese punto ya me había sorprendido enormemente con su rendimiento a la par de las otras 3 grandes.

El corto tramo entre esa parada y la ciudad fue un verdadero calvario. El viento, inconforme con pegarnos de un costado, se pasaba violentamente hacia el otro, de frente, o de donde se le antojara, con una fuerza que provocó que yo empezara a propinarle todo el repertorio de insultos que tengo aprendido en estos 44 años de vida. Tanto lo insulté en cada golpe que me daba, tanto me sorprendía, que no podía creer que pudiera todavía ser peor a cada kilómetro. Ante tanto improperio dentro del casco, comencé a tentarme de risa, a reír descontroladamente, no podía parar. Los ojos con lágrimas de la risa no me dejaban ver el camino, y el viento golpeaba aún más fuerte, y me causaba más y  más carcajadas. No veía por donde iba, ya estaba al borde de la locura. Era insano, inhumano. Al fin llegamos a la ciudad y todo parecía más calmo. Yo también. Paramos en un semáforo y mis compañeros me miran extrañados, y yo, partido de risa, no sabía cómo explicarles mi locura, aunque seguro se lo imaginaban. Paramos las motos en la zona franca frente al shopping, que era el único lugar abierto a esa hora un domingo, y desmontamos. Nos reímos los tres del incidente con el viento y fuimos a almorzar. Mientras tanto, Eolo tuvo tiempo de sobra para prepararnos a su antojo, todo el Rock´n roll del camino de regreso.

Sentados en uno de los locales de comida rápida, grasosa y poco nutritiva pero que devoramos como si fuera la última, nos despedimos de Lolo que debía esperar a que abra el local donde instalaría los neumáticos nuevos. Quique y yo saldríamos luego de hacer unas “compritas”. Y si, ya que estamos ahí…

Muy graciosa debe haber sido mi imagen, de motoviajero acosado por el viento, con los pelos parados, la cara colorada por el sol, el traje de moto lleno de tierra, las protecciones, las botas… y una Barbie bajo el brazo. Es que le compré un regalo a mi hijita, tampoco para pensar mal eh.

Guardo la muñeca en la maleta junto con un par de regalitos mas, Quique se prueba los guates que había comprado, porque estaba sufriendo mucho el frío de la ruta, y nos encaminamos a la Shell a llenar tanques y bidones para volver a casa. Volver a casa… -“Don Eolo, ¿podemos?”, -“NO”, -dijo tajante, con una risa hosca desde las profundidades del incierto horizonte.

La lluvia continuaba pegando de costado, y de todas las otras dimensiones que estuvieran habilitadas en este universo. Y el viento, bueno… el viento… ese estaba ahí, claro. Al doblar en la Y-255 tomamos rumbo franco a la balsa para cruzar de nuevo a Tierra del Fuego, pensando que probablemente encontremos ahí a Claudio y algunos moteros mas, porque el estrecho de Magallanes se pone tan áspero con el viento que las balsas no cruzan, y todas las condiciones estaban dadas para ello.

Soportamos estoicamente los embates del viento, la lluvia, y los peligrosos choiques (pequeñas avestruces silvestres) que se cruzan en el camino sin un mínimo de educación y sin avisar. Y no son tan pequeñas.

Llegamos al balseo, y afortunadamente estaba cruzando. No vimos a nadie, no había motos. Apenas unos coches y dos o tres camiones. Embarcamos y a causa del rolido, el personal de abordo nos recomienda no dejar solas las motos porque pueden caerse. Yo me quedo con las máquinas y Quique va a pagar la tasa de embarque. Unos $150 pesos argentinos por moto.

Al llegar a puerto, cruzamos la rampa y paramos a un costado del camino. No sé bien para qué, o no lo recuerdo. Solo sé que quise poner la GoPro y desistí inmediatamente a causa del extremo viento. Ya no me quedaban ganas de realizar ningún registro en imágenes de nuestro camino. Ya no me causaba ninguna gracia. Los dos estábamos un poco preocupados, porque el sol iba descendiendo a su lecho, y todavía nos esperaban la parte de ripio y las fronteras, para llegar a dormir en San Sebastián, y así evitar las largas colas en migraciones a primeras horas de la mañana. Antes de las 3:00pm del lunes, debíamos estar en Ushuaia.

Son aproximadamente 170km. desde la balsa hasta el paso, más los 12km. entre fronteras hasta alcanzar la hostería, que esperábamos tuviera vacantes. Seguimos camino, y seguimos soportando el viento. Cada vez que volvíamos a arrancar era prepararse mentalmente para el esfuerzo de mantener las motos en el medio del camino, sostenerlas cuando nos cruzaban camiones, para no salir disparados hacia la banquina, mantener la cabeza derecha porque el viento contra el casco nos quería hacer mirar el paisaje lateral, y mantener las marchas de las motos en el esfuerzo de ir en contra del viento en muchas ocasiones. Pero lo hacíamos sin chistar, ya ni fuerza para quejarse.

Giramos en el camino de Onaisin, el que está a medio pavimentar, y continuamos hasta que la ruta comenzó a transformarse en camino alternativo al costado del principal. A esta altura, el sol ya estaba rozando el horizonte, o al menos eso sospechamos porque las nubes no permitían ver su posición exacta. Se hacía tarde. Había que mantener la velocidad. Nos paramos sobre las estriberas, presionamos las rodillas sobre el tanque, arqueamos los brazos sobre el manillar, y con la cabeza recta hacia adelante, mantuvimos el ritmo navegando sobre el ripio, los pozos de arena suelta, los baches, piedras y otras cosas menos amigables que había por el suelo. Y claro, el viento. Siempre el viento.

Curva, carteles, aflojar marcha, sentarse porque subimos al pavimento. Curva, carteles, aflojar la marcha, pararse en las estriberas. Así por al menos 40 kilómetros de intermitencia asfáltica. La noche ya estaba a punto de caer. Ya no había ninguna chance de perder más tiempo. Teníamos que llegar. Nos concentramos en eso, en el camino, en la conducción. Tanto que ni el viento sentimos. (mas tarde nos daríamos cuenta que esto ofendió gravemente al Dios Eolo, quien perpetró su maléfica venganza contra nosotros).

Finalmente divisamos las luces del paso fronterizo, y nos empezamos a relajar. Llegamos duros del frío y la conducción extrema. Al terminar con el papeleo que fue casi instantáneo porque ya nadie cruzaba, volvimos a las motos y nos encontramos con un Pablo, un viajero de Ushuaia, que nos preguntó por un accidentado. No vimos ni sabíamos nada. El caso es que un motociclista, pilotando en condiciones similares a las nuestras, se pasó de largo en una curva en la parte en obras, cayo de la moto y tuvo unas fracturas. Nos dicen que la ambulancia estaba llegando a la frontera con el herido. Como nada podíamos hacer por ayudar, seguimos camino por los casi 12km restantes hasta el lado Argentino.

Quique sale adelante. Yo voy unos metros más atrás. El camino es ancho, consolidado, no había nadie, que podía pasar… VACAAAA!!!!!!!

Apenas peiné los frenos, parado en la moto veo un bulto negro cruzarse delante de mí. Solo vi una mancha blanca en la pata, porque el imprudente bovino era casi todo negro. Por poco no termino de cara contra una chuleta de res. ¿Algo más? Mejor no pregunto. Me callo dentro del casco. Sigo. Ya llegamos. Hacemos papeles, estamos en Argentina. Chocamos puños. Lo hicimos. Vamos al hotel del A.C.A. y pedimos habitación:

-“Buenas noches, por favor, queríamos una habitación doble por esta noche”- dijo Quique.

-“¿Tienen reserva?”

-“Nnn…no”- digo yo dubitativo. Me la veía venir.

La señora, encargada del lugar, con cara muy seria, nos mira, mira nuestro calamitoso estado rutero, nuestras caras de filtración. Pone gesto adusto, y contesta:

-“No tengo habitación, esta todo ocupado”-

Nos miramos incrédulos. El alma por el piso. Nos pareció escuchar por los techos, la risa sarcástica de Eolo que se regocijaba de nuestro destino.

Volví a preguntar “-¿De verdad no hay habitación?”- de modo automático, como queriéndome convencer a mi mismo que teníamos un problema.

La señora nos mira, hace una pausa, y se desarma de risa. –“Nooo, es broma! Si no hay nadie! Pasen, pasen”-

Desempacamos, parapetamos las motos detrás de una pared para protegerlas del viento, y con la felicidad exacerbada por el juego sínico de la encargada, fuimos a comer unas exquisitas milanesas con papas fritas, hechas en el momento, al mejor estilo casero, con una botella de cerveza fresca. Y nuestra venganza por la broma, fue pedirle una segunda ronda, porque estábamos famélicos.

Bromas aparte, la atención en el hotel fue muy amable y amena. Nos sentimos bienvenidos y bien atendidos, y el descanso no pudo ser mejor, incluso, con el viento zumbando enojado sobre los techos de la habitación. Mañana no parece que fuera a mejorar, de hecho, el pronóstico nos indica que el viento aumentará cerca del mediodía. Pero a nosotros lo que pasara mañana ya no nos importaba. El secreto es vivir el día a día, y preocuparse por las situaciones que se van presentando en cada momento, y ver la forma de resolverlas lo mejor posible. Es increíble cómo aparece la creatividad en momentos donde la vulnerabilidad de un viajero parece jugarle en contra. Si hay viento mañana, será un asunto que resolveremos mañana. Ahora, lo mejor es descansar.

Día 4, Tramo final: El fantasma.

Esa mañana nos despertamos muy animados. El ambiente estaba tranquilo, y el desayuno incluido en el precio nos esperaba en el comedor. El costo por dos personas, con desayuno, incluida la cena de anoche, no superó los 1.300 pesos argentinos. Anotamos en nuestros mapas ese lugar como un parador a tener en cuenta en próximos viajes.

Nos servimos café, tostadas, jugo y volvimos a consultar las noticias en los celulares. Varios mensajes de amigos llegan con advertencias: “Esta nevando en Ushuaia, no salgan”, “Tengan cuidado, hay mucha nieve”, Nevó toda la noche, quédense en Rio Grande”. Cotejamos con la aplicación del clima, y esta decía vientos fuertes, nevadas intermitentes, bajas temperaturas, y no sé que otras chanchadas mas. Parece que la aventura no había terminado.

En ese mismo instante vimos pasar la sombra de un fantasma. Uno muy bien conocido por todos los que vivimos en esta zona. Presentíamos su presencia desde del día anterior, pero ninguno dijo nada. Ahora, al hacerse evidente, le dimos entidad con palabras, lo nombramos, y se hizo corpóreo en nuestros cálculos: El Paso Garibaldi iba a estar nevado o congelado.

Decidimos no hablar del tema hasta aproximarnos allí. Había varios planes que diseñamos instantáneamente: Quedarse en Rio Grande, Quedarse en Tólhuin, o llegar al paso y explorar, y dependiendo el estado volver para atrás.

Cargamos los bolsos, vaciamos los bidones en el tanque para ir mas livianos, verificamos presión de neumáticos, cadena, aceite y salimos. Debíamos recorrer 290km en cuatro etapas. Al tomar la primer curva dejando detrás nuestro el hotel, el viento proveniente del mar que se encontraba a poca distancia de la ruta, nos recordó de dónde veníamos. Pero esta vez, ya sea por la aparición del fantasma, o porque estábamos cansados o acostumbrados al embate del aire, lo tomamos como algo ya intrínseco en nuestro camino.

Recorrimos aproximadamente ochenta y tantos kilómetros hasta llegar a la Ypf que se encuentra en la intersección con la Ruta Nacional 3, la cual habíamos dejado hacía unos algunos minutos ahorrando un buen tramo de camino para no ingresar en la ciudad. Paramos en los surtidores para realizar la última carga de combustible. En el puesto junto a nosotros se detiene una camioneta, y un rostro conocido saluda desde la ventana. Un personaje de la ciudad, también motoviajero, nos saluda. No hizo ni falta preguntarle, él mismo nos dijo que en Ushuaia nevaba un poco, pero que ya estaba despejando. Y la pregunta de rigor salió de nuestras bocas casi al mismo tiempo. Llamamos al fantasma y lo encaramos con valentía. –“Vicente, cómo está el paso?”,- “bien muchachos, no se preocupen, está limpio, pasen tranquilos”.

 

 

 

 

 

Todas las otras recomendaciones eran contrarias. Nuestros compañeros de viaje aún no habían llegado, o estarían acomodándose, porque no había noticias de ellos. Sí nos enteramos de otro accidentado, este, a causa de los fuertes vientos cerca de la ciudad de Rio Grande. Pero confiamos en quien acababa de pasar, que además es motero. Dejamos al fantasma tranquilo y seguimos.

El viento seguía golpeando, pero ya no llovía. El clima estaba mejor. De allí en adelante, solo mejoró, lo que provoco una proporcional mejora en nuestro ánimo. Además, ya estábamos cerca de casa.

Llegamos a Tólhuin. Dos de las cuatro etapas completadas. Solo quedan alrededor de 100km, 50 hasta el paso y 50 hasta casa.

En la ciudad existe una panadería llamada “La Unión”, que se hizo famosa en la zona, no solo por su estratégica ubicación, sino por su particular decoración: Un rincón dedicado al Médico Cardiólogo Argentino René Favaloro, con estatua incluída; paredes tapizadas con fotografías del dueño junto a todos los famosos que alguna vez pisaron esta tierra, y obviamente, pasaron por allí; y alguna vez tuvo también un mini zoológico exótico con castores, tucanes, y otros bichos que en algún momento fue cuestionado y ya no existe más. Las ventanas de ingreso están casi por completo cubiertas de las pegatinas de cada viajero que pasó por allí y dejó su marca. Si sumamos a todo eso una oferta pastelera y gastronómica bastante amplia, se podría decir que es el punto de encuentro obligado para cualquier viajante de la Ruta 3 fueguina. No fuimos menos, y nos pedimos unos lomitos completos de almuerzo. Quique ve una calco de “Motos clásicas argentinas – Gilera” y no duda en regalármela como condecoración por el comportamiento impecable de mi moto. Si bien no es clásica, es Gilera y creo que se lo merece.

Dejamos la recién nacida ciudad para recorrer los tramos que nos llevarían hasta el último mojón en este viaje: El paso Garibaldi.

Aprovechamos que el viento comenzó a mermar, y aceleramos nuestras máquinas. Delante de nosotros se observaban claramente los picos nevados de la cordillera. Comenzamos la lenta trepada, por un camino que se mostraba seco y firme. Estaba recientemente re-asfaltado y las motos rodaban suaves sobre el pavimento de color negro. Comienzan las curvas serpenteantes hacia la parte más alta del paso, donde la ruta angosta, sin banquinas y con consecutivas curvas muy cerradas, transcurre entre paredes de roca vertical propensa a desprendimientos a un lado, y un precipicio de más de 100mts de profundidad del otro,  donde en el fondo reposa el lago Escondido.

Pulgares arriba de Quique que va delante. Me mira por el espejo y le devuelvo el gesto. Todo está bien. El fantasma se desvanece junto con las pequeñas nubes esponjosas que decoran las cumbres. Los rayos del Sol comienzan a calentar nuestros trajes y a indicarnos, cómplices de nuestra intención, la proximidad de los caracoles del descenso. Se nos antoja la parte más divertida del trayecto.

Vamos tomando las curvas con velocidad, inclinados, felices y conformes de poder decir casi con total seguridad, que habíamos completado el viaje sin mayores problemas.

 

Pasamos por los centros invernales, por debajo de las telesillas que aún llevaban esquiadores hacia la cumbre del Cerro Castor. Hacemos sonar la bocina a modo de saludo y los sorprendidos entusiastas de los últimos días de esquí de la temporada lo devuelven levantando la mano. “¿Quiénes serán esos dos locos, que pasan zumbando por la ruta rodeada de nieve, en dos motos cargadas de bolsos y maletas?”. Se me ocurre que yo pensaría eso si estuviera en las telesillas. Ambos somos esquiadores, y hemos visto pasar viajeros por debajo nuestro infinidad de veces. Pero en esta, nos toco ser los de abajo.

Llegamos a la entrada de la ciudad y nos detenemos en los pilares de bienvenida, donde nos recibe el típico barro dejado por la nieve primaveral derretida, y nos sacamos las últimas fotos: de las motos, del barro en las botas, del barro en las motos, de las caras de cansancio y felicidad. Habíamos completado todo el viaje sin problemas, en una de las rodadas más duras que nos ha tocado. Donde otros habían quedado en el camino, o incluso en el hospital, nosotros seguimos adelante. Saludamos al oficial de policía de la entrada y tomamos la ruta alta hasta nuestro barrio, donde en la rotonda de entrada nos separamos con saludos efusivos de bocinas y gestos. Cada uno para su casa. El viaje había terminado, pero la camaradería gestada en el camino perdurará por siempre. Es en las situaciones duras donde se forjan las uniones entre viajeros, que seguramente, volveremos a juntarnos en otro asado, con picada y cervezas, y los mapas impresos de nuevos destinos.  Todavía quedan muchas historias por escribir.

F I N

 

Apreciaciones finales:

Haber decidido salir en solitario no estaba en mis planes iniciales. O en realidad sí. Cuando surgió el encuentro en Punta Arenas en el mes de octubre, tuve que reprimir mis deseos de viajar porque las fechas se me superponían con otros compromisos. Más tarde me entero del 2° Encuentro internacional de Puerto Natales, asumí que todos irían al otro, que es uno donde concurren muchisimos motociclistas. Será. Por mi parte, y conociendo Natales y queriendo conocer Torres del Paine, no dude en organizarme para participar. Lo planee para viajar solo. En parte porque nadie en el grupo había comentado nada sobre ir, y además porque quería de alguna manera, encontrarme a mí mismo con mi moto y el camino. Si, me daba alguna que otra puntada en el estómago porque nunca había viajado en moto en solitario. Pero era lo que quería hacer.

Más tarde, y dado que el encuentro de Punta Arenas se solapaba con el día de la madre, muchos amigos empezaron a planificar el viaje a Natales. Ahí me contacté con quienes serían mis compañeros de ruta. Y nos juntamos a planificarlo. El resto de la historia, si llegaron hasta acá, ya la conocen.

El destino quiso que igualmente hiciera la ida en solitario, y no faltaron los inconvenientes y situaciones que me presionaban para abandonar. Por suerte, o gracias al temple que se endurecía con el sueño de viajar solo, alimentado con tantos libros de viajeros que llevo en mi haber literario, seguí adelante resolviendo cada situación en la medida que se iban presentando.

Mi mayor miedo, debo confesar, era la moto. Es una moto fabricada en china, ensamblada en Argentina, en la planta Spegazini de Gilera, y que además no había tenido un buen invierno ya que al no tener garaje en casa, solo quedó protegida del viento, la lluvia, la tierra, la nieve y las heladas, con un cobertor, que aunque de buena calidad, no es lo más óptimo. Pero de alguna manera confiaba en ella. Sabía, o creía que no iba a decepcionarme. Y de verdad que no lo hizo. En todo el viaje no tuvo ningún problema (salvo la pinchadura, pero eso es un eventual indiferente a la moto incluso al neumático), y se mantuvo a la par de KLR y V-Strom, quienes sostenían que en ningún momento tuvieron que esperarme o sentirse retrasados por mí. Llevábamos un ritmo de velocidad promedio de 120Km/h.

De todas formas, sigo ahorrando y poniendo mis esfuerzos en el objetivo de tener una Kawasaki Klr 650. Esa es la moto perfecta para mi, y con la que voy a poder viajar más lejos, mas rápido y más seguro. Pero la Gilera tiene todavía mucho para dar. Espero poder completar el proyecto Rutas de Fuego con ella, pero esa ya es una historia aparte.

Mi registro oficial de viajes comenzó con el relato precedente. Espero que continúe así hasta que tenga que emprender el viaje final, al lugar de donde no se regresa. Hasta entonces, haré lo posible por seguir explorando este mundo y sus misterios y costumbres. Porque la vida es muy corta, y el mundo muy extenso.

Buenas rutas.
Augustus 29/09/2017