Cabo San Pablo, y el fantasma del “Desdemona”

Resulta que un día le pusimos a un grupo de Whatsapp de salidas el nombre de “Cabo San Pablo”. Hacemos eso como proyecto de salida o viaje, con el nombre del destino, e incluimos dentro del foro a quienes les interesa ser parte.

El domingo 28 de octubre fue la realización del “Proyecto Desdemona”. O como se le llamó oficialmente en la Agrupación Latitud54Sur: “Expedición Cabo San Pablo” (www.latitud54sur.com.ar). 
Quique (Vstrom 1000), Eduardo (Versys 650), Alfredo (DR400), Ricardo (XT250), Alejandro (Tornado 250), Walter (KLR 650), Nicolás (AfricaTwin 1000), Nacho (VStrom 650), Augustus (SMX400)

El día anterior preparé la moto. Decidí no llevar TopCase porque serían casi 100 km. de ripio y quería evitar roturas. Instalé el bolso Oggio y el sobre tanque GiantLoop, y con eso me bastó. Cargué combustible y lubriqué cadena. No ajusté suspensiones porque lamentablemente no tengo la herramienta adecuada para el Monoshock, pero igual funciona para mi.

A la mañana siguiente paso por la casa de Quique, casi vecino mío, y salimos juntos hasta el lugar de encuentro de preferencia: la “Rotonda del Indio” que se encuentra en la entrada de la ciudad. En la YPF esperamos a los demás, y pronto ocho viajeros estábamos alistados para partir. El clima se anunciaba agradable, pero las nubes plomizas auguraban algo muy diferente. De todas maneras íbamos a cruzar la cordillera y del otro lado siempre es diferente. O casi…

Comenzamos a rodar:

La negra ruta iba dejando detrás las aspiraciones sarcásticas de nubes
aún más negras. Mi moto, toda blanca, se reía de ese hecho como si no le importara mojarse un poco. Además íbamos en otra dirección.
Tomando las curvas que delinean la Ruta 3 entre Ushuaia y Tolhuin, nos divertimos jugando entre el asfalto y las irregulares y borroneadas líneas del camino, estábamos felices.

Cien kilómetros y una hora mas tarde nos detuvimos casi como por cábala en la Panadería “La Unión” de la ciudad mediterránea de Tolhuin. Las motos pudieron descansar frente a la entrada, donde en un lapsus de imaginación y buen criterio, la municipalidad había instalado un estacionamiento exclusivo para motovehículos. Y además entrabamos todos!, los nueve. Sí, ahora eramos nueve. Al llegar a la ciudad se nos unió Ricardo con su Yamaha 250 que venía desde Río Grande, 100 km. mas al norte, en lo que iba a ser su primer salida de aventura en moto. Con mucho entusiasmo y actitud sumó su máquina al grupo y la comunidad de los nueve se constituyó instantáneamente. Allí mismo comenzaron los avatares propios de una aventura, porque no importa lo lejos que quede el destino, o cuan salvaje sea éste, si se accede por asfalto o por impenetrables berenjenales, importa que una aventura se configura en cuanto comienzan a aparecer vicisitudes que requieren de soluciones creativas para poder continuar y contar una historia, o quedarse atrás desolado y frustrado.
Al principio del viaje me imaginaba un corto relato sobre lo que se mostraría en algunas fotos. Pero desde este punto en adelante comencé a darme cuenta que toda salida en moto tiene su cuota de aventura, de incertidumbre, de dificultad oculta detrás de cada piedra del camino, de cada curva, de cada elemento con el que interactuemos, y especialmente, detrás de cada uno de nosotros…

Cuando nos detuvimos algunos kilómetros mas adelante, en el desvío que tuerce hacia el Este en dirección al Cabo San Pablo, súbitamente nos dimos cuenta que volvíamos a ser ocho. Alejandro no estaba. Eso nos puso mal con nosotros mismos. Dentro de nosotros había un reproche al entusiasmo desmedido, donde cada uno se cargó la culpa de no habernos contado y verificar que cada uno estuviera donde tenía que estar. Sin deliberar mucho más, Quique acelera en su VStrom 1000 en dirección sur a buscar al jinete extraviado, que minutos mas tarde, aparece con su Tornado negra seguido de lejos por su buscador, y nos contó que había ido al supermercado y se demoró un poco más, no nos vio, nos busco infructuosamente en la ciudad, y enfiló para el desvío. Pero no hay nada que no tenga una consecuencia, sea buena o mala. Esta vez fue buena porque había conseguido algunas cosas ricas que luego todos disfrutaríamos.

Avanzamos a buen ritmo por el sinuoso camino de tierra. Un camino que nace desde la Ruta Nacional 3, y se interna hacia el este por los límites exteriores del “corazón de la isla”, la parte central de Tierra del Fuego, donde los árboles de Ñire, Lenga y Guindos, con sus típicas “barbas de viejo” hacen que todo el conjunto del bosque parezca uno de esos lugares mágicos de las películas fantásticas. Eso si, sin ogros ni arañas gigantes. 
Un zorro colorado cruza delante de mí. Cree que no lo veo porque pasa muy agazapado y veloz, casi rozando el suelo con el vientre. “Un depredador blanco en forma de moto”, habrá pensado, y por las dudas no volvió la vista atrás y saltó sobre la maleza. 
Los huellones de barro, el aroma silvestre, la vista del mar allá a lo lejos que aparece tras las matas cuando me veo obligado a pararme en los estribos para pasar un guardaganado, los guanacos distantes que me ven pasar con expresión de asombro; “Qué caballo mas raro!” dirán.-
Pronto la costa atlántica fueguina comienza a asomar detrás de los montes y bosques; es la estampa perfecta, el aire perfecto, el estado perfecto de armonía. No puedo evitar detenerme a un costado, apagar el motor, y admirar absorto lo imponente del paisaje. Un ronronear conocido hace eco entre las rocas. Quique, Ricardo, y Edu pasan a mi lado saludando a la cámara. Los saludo, monto, y los sigo.

A poco mas de andar, el grupo se reúne en el estacionamiento del circuito turístico del faro. Una sensación de modernidad me invade. La última vez que anduve por aquí tan solo era una entrada de huellas que iban hasta la playa. Hoy las pasarelas de madera, prolijas y repletas de señalizaciones, le quitan un poco del aire salvajemente patagónico que tiene la zona, pero como eran prolijos, estaba bien, no era para quejarse tampoco. Decidimos continuar una vez reunidos los nueve para llegar al destino principal de nuestra expedición: el “Desdemona”.

Desde la curva anterior al cabo, pasando el faro hacia el Este, lo primero que llama la atención a la vista (mas allá del río, el puente precario, la hostería abandonada, o las aves en las alturas), es un enorme casco, ocre y oxidado, abandonado en mitad de una inmensa playa, parte de una mas inmensa bahía, detenido en su última escorada trágica en el año 1983. El carguero, gigante dormido, descansa impertérrito sobre una cama de arena y rocas luego de su naufragio en el que toneladas de bolsas de cemento destinadas al puerto de Río Grande, perecieron transformadas en sólidas momias silenciosas. Con marea baja es posible acercarse hasta el casco, oir el rumor de sus remaches, oler el aceite derramado al encallar contra las piedras, y sufrir los gritos de la tripulación en el último momento insalvable de semejante coloso. Hoy, después de 35 años de soledad recibiendo, bien las caricias de un mar calmo, o bien el embate de olas tormentosas contra su frágil estructura osea, el Leviatán recibe a los nueve aventureros quienes nos acercamos respetuosamente a inmortalizar el momento con fotos de nuestras motos. Las huellas en la arena húmeda, el contraste con el metal oxidado y el tamaño imponente de un barco contra una moto, nos hace disfrutar de la magia del fantasma del Desdemona, que siempre se deja oír cuando se presta debida atención a los susurros del mar.

Rendido homenaje al navegante sin mar, éste se cobró un trozo de máscara de la VStrom 650 de Nacho, que al acceder al lugar y sobrepasado por un pozo de arena suelta, dio contra el terraplén de tierra quebrando el plástico de bello color bordó del frente de la moto. Desde entonces lucirá un toque de distinción gris de la cinta DuckTape que lo sostiene en su lugar.

Las emociones se entremezclan. Nostalgia por la imagen solitaria del náufrago de hierro, y por haber alcanzado el objetivo, lo que implicaba el comienzo de la etapa de retorno. Alegría por disfrutar de las motos en la arena y las rocas, y las fotos de calculado encuadre. La sorpresa por el día que se nos regala y el hambre que invade nuestros estómagos nos invita a montar y dirigirnos a un predio elevado, sumergido en un bosque de Lengas, donde tendemos la bandera de Latitud 54 entre los manillares de las motos, y abriendo alforjas, maletas y mochilas, exponemos al abierto cielo todo nuestro arsenal culinario envidia de mas de uno, especialmente por los “Nuggets” en forma de dinosaurio con que nos convida Eduardo. No faltó tampoco el café expreso “fato in situ”, y otras cositas que alimentan el cuerpo y el espíritu.

Como nada es perfecto para siempre, y el clima por estos lares suele tomarse ese concepto muy en serio, el viento comenzó a levantarse fresco desde el sudoeste, y las nubes altas y grises sugerían al conocedor del idioma tipo nube, que nuestro futuro próximo era mojarnos. Y mucho.
Guardamos los restos, empacamos en maletas, nos pusimos chaquetas y medias. (Es que nos gustaba disfrutar de la energía de la tierra en ese lugar tan especial. Especial por sí mismo, y porque estábamos ahí todos juntos).
Pusimos en marcha motores y volvimos por donde habíamos venido, despidiendo el inmóvil carguero con una última mirada de admiración por su resistencia al tiempo. Cruzamos el puente del río. Pasamos junto a la hostería abandonada (otro golpe a nuestra nostalgia), y volvimos a detenernos en el estacionamiento urbanita. Pero esta vez con malas intenciones.
Llevamos las motos hasta la playa. Y no contentos con eso, decidimos ascender hasta el segundo mirador a mitad de camino del faro abandonado y a punto de derrumbarse cual torre de Pisa, que se suma al listado de elementos nostálgicos y típicos de estas solitarias costas patagónicas. 
Allí, sin ánimos de luchar contra un sendero empinado, plagado de pozos de arena y huellas de barro, con curvas cerradas, algunos quedan admirando el inmenso mar desde media altura, mientras otros mas audaces, decidimos llevar a nuestras motos a conocer el faro de la cumbre. Así fuimos trepando hasta donde apenas si se podía dar la vuelta a las máquinas. Otra plataforma impecable de madera, cartelería, y unas imágenes de ensueño que alegraron aún mas nuestros corazones. Además habiamos llegado hasta ahí, y en moto. ¿Qué más queríamos? ah, si, las fotos de rigor.

Al descender, notamos que varios compañeros estaban sobre la KLR de Wally. Y resulta que el brioso caballo dio un respingo en uno de los pozos de arena y se estrelló de frente contra el piso. Otra cacha destrozada reparada con la mágica cinta gris. Que nunca falte en las maletas de un motoviajero! Lamentablemente el tobillo del jinete se resintió en la caída, y lo sufriría todo el camino de vuelta.
Ya puestos en aviso de que nuestro viaje había llegado a su fin, decidimos no hacer mas locuras (como ir a derrapar en la playa) y nos dirigimos a la ruta para disfrutar de una tranquila vuelta a casa por 50 km. de tierra, y mas de 100 de asfalto. Pero la aventura es la aventura, como decía Belmondo, y ésta aún nos tenía reservados un par de Ases bajo la manga.

A poco mas de la mitad de camino mi moto comienza a danzar sobre su rueda trasera. Un baile que no tenía nada de erótico y mis temores, metro a metro, se tornan cada vez mas reales. Nunca llegué a completar el kit de reparación de pinchaduras, y por lo visto, acababa de pinchar.
Detengo la moto a un costado evaluando las escasas posibilidades. De todas formas la ventaja de ir en grupo es que cada uno lleva algo de lo necesario. La desventaja de ese momento era que nos habíamos separado en distancia y el tiempo nos jugaba en contra. El tiempo etéreo y el tiempo meteorológico también.
Cuando apago el motor vuelvo a sentir esa paz, esa tranquilidad, pero esta vez era la calma que precede a la tormenta. La tormenta climática; se venía la lluvia. Para mi suerte, algunos compañeros iban un par de kilómetros detrás de mi, y pronto pararon a preguntar que pasaba. Sus ojos se opacaron igual que los míos al ver la cubierta desinflada. -“tenés compresor?”- “No” – respondo. -“Palanquetas para desarmar?”, “tampoco”. Solo traje parches y las llaves para sacar la rueda” – 
Bien, empecemos a ver que juntamos. Desarmo con las llaves de 19 y 21, utilizo mi infaltable “maderita” para elevar la moto, ya que no tengo caballete central (Técnica que me salvó en el viaje a Pto Natales)
Probamos con espuma autosellante que Nico tenía en su Africa Twin. No funciona. Desarmamos con las palanquetas que Alfredo traía consigo en la Dr400. Parche sobre una parte que parecía mordida. Cámara “made in china”, hmmm… mal presagio. Armamos, inflamos con otro spray de espuma y queda bien, al menos eso parece. Me subo, aguanta, y arranco. 
Lleno de grasa, tierra, bronca, tiempo en contra, el “Tail Bag” desordenado y lleno de tierra, recorro un par de kilómetros más hasta que la danza macabra vuelve a alterar mis nervios. Ya no hay amor en este asunto, ni juegos de seducción. Estoy realmente enojado.
Vuelvo a parar y confirmando que la cubierta esta totalmente desinflada inmediatamente comienzo a desarmar otra vez. Llegan los demás y no quiero ni imaginar las maldiciones en sus pensamientos. Pero no, son tan buena gente que se toman todo con humor, y me hacen sentir más animado. Igualmente me sale disculparme por el retraso que estoy causando. La noche se nos avecina, junto con el pronosticado mal tiempo. 
El panorama “no podría ser peor, eso no me arregla a mi”. La cámara china había estallado. En fin, esta vez sí necesitamos ayuda extra. Pero el grupo siempre tiene la respuesta! Nicolás zarpa con su blanca nave en busca de Walter, que en algún momento dijo al pasar, muy al pasar, que llevaba una cámara de repuesto en su KLR. Alabado sea!. Traen la cámara pero wally no quiso pilotear camino extra por el dolor de su tobillo. También rescataron el compresor eléctrico que tenía Quique. Pasa como rayo la Honda a nuestro lado, deteniéndose como cien metros mas allá. Hicimos las maniobras necesarias, y en menos de lo que cruza un zorro teníamos todo armado de nuevo, y esta vez sí, funcionando correctamente. Ya no hubo más bailes indomables, de cámaras chinas sin erotismo y jinetes desamorados.

El resto de la vuelta transcurre tranquilo. Nos reagrupamos en la intersección con el asfalto, donde Ricardo, el hermano de Quique, entusiasmado a mas no poder por haber realizado su primer expedición motoviajera, es despedido con honores en su regreso hacia la ciudad norteña de Río Grande. El resto volveríamos a Ushuaia hacia el sur.
Volvemos a parar en la YPF de Tolhuin para alimentar los sedientos tanques de las motos y chequear correas de ajuste, tuercas, y otros cacharros que llevamos, a veces innecesariamente, pero que queda lindo. 
La noche se cierra sobre nuestros cascos. Nos atrapó. A nadie le gusta viajar en moto de noche.

Pequeñas gotas comienzan a dibujar patrones de puntos en los visores de los cascos. Son pocas, insignificantes, hasta graciosas, pero en casi todas ellas puede leerse la advertencia: “No pierdan más tiempo!”.
No lo hicimos. En esas situaciones cada moto y cada jinete tienen sus propias formas de afrontar la nocturna y chispeante realidad. Unos rápido y con altos reflectores, otros lentos y temerosos, otros con nada que ilumine mas que un fósforo, otros mojados, otros más mojados aún, pero cada uno debía seguir su propio ritmo de seguridad.
El oscuro asfalto, como noche sin luna, parecía un agujero negro que se tragaba toda la luz que uno le proyectara. Las gotas de agua, en franco aumento de intensidad y tamaño a medida que avanzamos hacia el sur, reflejaban las propias luces de la moto y se acumulaban en comunidades de charcos que estallaban al paso de nuestras cubiertas. Enciendo los faros Led auxiliares y del susto me detengo al costado del camino casi instantáneamente. Todo brillaba, y debía constatar que sobre la ruta no estuviese acumulándose hielo o escarcha. Por suerte la temperatura estaba de nuestro lado. Continúo con el visor un poco abierto, ya que el agua chorreando sobre él me tapaba la vista. Cada automóvil que pasa, ya sea de frente o desde atrás, ilumina cada una de las pegajosas gotas en mi visor, las cuales reparten flashes de luces blancas cual diamante tallado, y la ceguera es todavía mas pronunciada. Mis luces refractan en los carteles indicadores de curvas peligrosas, que se vuelven más peligrosas. Las líneas que delimitaban el mas o menos adherente asfalto con el intransitable barro de la banquina parecían estar pintadas del mismo color que la ruta, sencillamente porque en general no estaban allí. Y calado hasta los huesos de agua, me dirijo imperturbable hacia las alturas para cruzar el Paso Garibaldi, punto de cruce de los Andes fueguinos, para dirigirme hacia la única ciudad Argentina que se encuentra del otro lado de la columna vertebral de América. Cruzo el paso sin problemas. Pero encuentro a mis compañeros un par de curvas mas adelante. Esta vez me tocaba a mi ser del grupo de apoyo. Al menos de apoyo moral.

El resto de las motos del grupo estaban con las balizas encendidas brillando en la negra noche, mojándose indefectiblemente bajo la intransigente lluvia de montaña. Una, dos, tres, estaban todas. ¿Acaso soy el último? Me detengo junto a ellos, faltan un par, pero pronto llegan también. 
La KLR de Walter había pinchado la rueda delantera, pero esta vez no había cámara de repuesto que utilizar. Las espumas de reparación no hicieron efecto, y gracias a que milagrosamente había señal de telefonía celular, pudo llamar al Automóvil Club Argentino para que con un remolque fuera a rescatarlo. Y de paso llamar a su esposa para que lo lleve a él. El resto que quisiera irse, (ya que eran pasadas las 23hs), podía hacerlo para no generar 
preocupaciones en los hogares. Los demás nos quedamos esperando el remolque, que tras hora y media aparece bajo la fría lluvia. 
Cargamos la Kawasaki, y ya resignados a todo continuamos viaje.

Mi hora de arribo fue a la 1:30 de la mañana, de un día lluvioso y frío. Cansado y sucio. Pero de todas formas felíz. Porque una vez más, quedo demostrada la calidad humana de los motoviajeros de Latitud 54, amigos, compañeros, y hasta alguno que no había visto nunca fuimos hermanos de aventuras. Y son esas hermandades, sobre todo cuando hay que resolver problemas y seguir adelante, las que afianzan las amistades y configuran recuerdos imborrables, que pasan a ser parte de nuestra historia, de nuestra biografía, y son los que de alguna manera terminan definiendo quiénes seremos nosotros en el futuro. Un ladrillo mas en la estructura de nuestra vida. Y ese es el verdadero sueño que se esconde detrás de cada Perfil del Horizonte.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *