Cabo San Pablo, y el fantasma del “Desdemona”

Resulta que un día le pusimos a un grupo de Whatsapp de salidas el nombre de “Cabo San Pablo”. Hacemos eso como proyecto de salida o viaje, con el nombre del destino, e incluimos dentro del foro a quienes les interesa ser parte.

El domingo 28 de octubre fue la realización del “Proyecto Desdemona”. O como se le llamó oficialmente en la Agrupación Latitud54Sur: “Expedición Cabo San Pablo” (www.latitud54sur.com.ar). 
Quique (Vstrom 1000), Eduardo (Versys 650), Alfredo (DR400), Ricardo (XT250), Alejandro (Tornado 250), Walter (KLR 650), Nicolás (AfricaTwin 1000), Nacho (VStrom 650), Augustus (SMX400)

El día anterior preparé la moto. Decidí no llevar TopCase porque serían casi 100 km. de ripio y quería evitar roturas. Instalé el bolso Oggio y el sobre tanque GiantLoop, y con eso me bastó. Cargué combustible y lubriqué cadena. No ajusté suspensiones porque lamentablemente no tengo la herramienta adecuada para el Monoshock, pero igual funciona para mi.

A la mañana siguiente paso por la casa de Quique, casi vecino mío, y salimos juntos hasta el lugar de encuentro de preferencia: la “Rotonda del Indio” que se encuentra en la entrada de la ciudad. En la YPF esperamos a los demás, y pronto ocho viajeros estábamos alistados para partir. El clima se anunciaba agradable, pero las nubes plomizas auguraban algo muy diferente. De todas maneras íbamos a cruzar la cordillera y del otro lado siempre es diferente. O casi…

Comenzamos a rodar:

La negra ruta iba dejando detrás las aspiraciones sarcásticas de nubes
aún más negras. Mi moto, toda blanca, se reía de ese hecho como si no le importara mojarse un poco. Además íbamos en otra dirección.
Tomando las curvas que delinean la Ruta 3 entre Ushuaia y Tolhuin, nos divertimos jugando entre el asfalto y las irregulares y borroneadas líneas del camino, estábamos felices.

Cien kilómetros y una hora mas tarde nos detuvimos casi como por cábala en la Panadería “La Unión” de la ciudad mediterránea de Tolhuin. Las motos pudieron descansar frente a la entrada, donde en un lapsus de imaginación y buen criterio, la municipalidad había instalado un estacionamiento exclusivo para motovehículos. Y además entrabamos todos!, los nueve. Sí, ahora eramos nueve. Al llegar a la ciudad se nos unió Ricardo con su Yamaha 250 que venía desde Río Grande, 100 km. mas al norte, en lo que iba a ser su primer salida de aventura en moto. Con mucho entusiasmo y actitud sumó su máquina al grupo y la comunidad de los nueve se constituyó instantáneamente. Allí mismo comenzaron los avatares propios de una aventura, porque no importa lo lejos que quede el destino, o cuan salvaje sea éste, si se accede por asfalto o por impenetrables berenjenales, importa que una aventura se configura en cuanto comienzan a aparecer vicisitudes que requieren de soluciones creativas para poder continuar y contar una historia, o quedarse atrás desolado y frustrado.
Al principio del viaje me imaginaba un corto relato sobre lo que se mostraría en algunas fotos. Pero desde este punto en adelante comencé a darme cuenta que toda salida en moto tiene su cuota de aventura, de incertidumbre, de dificultad oculta detrás de cada piedra del camino, de cada curva, de cada elemento con el que interactuemos, y especialmente, detrás de cada uno de nosotros…

Cuando nos detuvimos algunos kilómetros mas adelante, en el desvío que tuerce hacia el Este en dirección al Cabo San Pablo, súbitamente nos dimos cuenta que volvíamos a ser ocho. Alejandro no estaba. Eso nos puso mal con nosotros mismos. Dentro de nosotros había un reproche al entusiasmo desmedido, donde cada uno se cargó la culpa de no habernos contado y verificar que cada uno estuviera donde tenía que estar. Sin deliberar mucho más, Quique acelera en su VStrom 1000 en dirección sur a buscar al jinete extraviado, que minutos mas tarde, aparece con su Tornado negra seguido de lejos por su buscador, y nos contó que había ido al supermercado y se demoró un poco más, no nos vio, nos busco infructuosamente en la ciudad, y enfiló para el desvío. Pero no hay nada que no tenga una consecuencia, sea buena o mala. Esta vez fue buena porque había conseguido algunas cosas ricas que luego todos disfrutaríamos.

Avanzamos a buen ritmo por el sinuoso camino de tierra. Un camino que nace desde la Ruta Nacional 3, y se interna hacia el este por los límites exteriores del “corazón de la isla”, la parte central de Tierra del Fuego, donde los árboles de Ñire, Lenga y Guindos, con sus típicas “barbas de viejo” hacen que todo el conjunto del bosque parezca uno de esos lugares mágicos de las películas fantásticas. Eso si, sin ogros ni arañas gigantes. 
Un zorro colorado cruza delante de mí. Cree que no lo veo porque pasa muy agazapado y veloz, casi rozando el suelo con el vientre. “Un depredador blanco en forma de moto”, habrá pensado, y por las dudas no volvió la vista atrás y saltó sobre la maleza. 
Los huellones de barro, el aroma silvestre, la vista del mar allá a lo lejos que aparece tras las matas cuando me veo obligado a pararme en los estribos para pasar un guardaganado, los guanacos distantes que me ven pasar con expresión de asombro; “Qué caballo mas raro!” dirán.-
Pronto la costa atlántica fueguina comienza a asomar detrás de los montes y bosques; es la estampa perfecta, el aire perfecto, el estado perfecto de armonía. No puedo evitar detenerme a un costado, apagar el motor, y admirar absorto lo imponente del paisaje. Un ronronear conocido hace eco entre las rocas. Quique, Ricardo, y Edu pasan a mi lado saludando a la cámara. Los saludo, monto, y los sigo.

A poco mas de andar, el grupo se reúne en el estacionamiento del circuito turístico del faro. Una sensación de modernidad me invade. La última vez que anduve por aquí tan solo era una entrada de huellas que iban hasta la playa. Hoy las pasarelas de madera, prolijas y repletas de señalizaciones, le quitan un poco del aire salvajemente patagónico que tiene la zona, pero como eran prolijos, estaba bien, no era para quejarse tampoco. Decidimos continuar una vez reunidos los nueve para llegar al destino principal de nuestra expedición: el “Desdemona”.

Desde la curva anterior al cabo, pasando el faro hacia el Este, lo primero que llama la atención a la vista (mas allá del río, el puente precario, la hostería abandonada, o las aves en las alturas), es un enorme casco, ocre y oxidado, abandonado en mitad de una inmensa playa, parte de una mas inmensa bahía, detenido en su última escorada trágica en el año 1983. El carguero, gigante dormido, descansa impertérrito sobre una cama de arena y rocas luego de su naufragio en el que toneladas de bolsas de cemento destinadas al puerto de Río Grande, perecieron transformadas en sólidas momias silenciosas. Con marea baja es posible acercarse hasta el casco, oir el rumor de sus remaches, oler el aceite derramado al encallar contra las piedras, y sufrir los gritos de la tripulación en el último momento insalvable de semejante coloso. Hoy, después de 35 años de soledad recibiendo, bien las caricias de un mar calmo, o bien el embate de olas tormentosas contra su frágil estructura osea, el Leviatán recibe a los nueve aventureros quienes nos acercamos respetuosamente a inmortalizar el momento con fotos de nuestras motos. Las huellas en la arena húmeda, el contraste con el metal oxidado y el tamaño imponente de un barco contra una moto, nos hace disfrutar de la magia del fantasma del Desdemona, que siempre se deja oír cuando se presta debida atención a los susurros del mar.

Rendido homenaje al navegante sin mar, éste se cobró un trozo de máscara de la VStrom 650 de Nacho, que al acceder al lugar y sobrepasado por un pozo de arena suelta, dio contra el terraplén de tierra quebrando el plástico de bello color bordó del frente de la moto. Desde entonces lucirá un toque de distinción gris de la cinta DuckTape que lo sostiene en su lugar.

Las emociones se entremezclan. Nostalgia por la imagen solitaria del náufrago de hierro, y por haber alcanzado el objetivo, lo que implicaba el comienzo de la etapa de retorno. Alegría por disfrutar de las motos en la arena y las rocas, y las fotos de calculado encuadre. La sorpresa por el día que se nos regala y el hambre que invade nuestros estómagos nos invita a montar y dirigirnos a un predio elevado, sumergido en un bosque de Lengas, donde tendemos la bandera de Latitud 54 entre los manillares de las motos, y abriendo alforjas, maletas y mochilas, exponemos al abierto cielo todo nuestro arsenal culinario envidia de mas de uno, especialmente por los “Nuggets” en forma de dinosaurio con que nos convida Eduardo. No faltó tampoco el café expreso “fato in situ”, y otras cositas que alimentan el cuerpo y el espíritu.

Como nada es perfecto para siempre, y el clima por estos lares suele tomarse ese concepto muy en serio, el viento comenzó a levantarse fresco desde el sudoeste, y las nubes altas y grises sugerían al conocedor del idioma tipo nube, que nuestro futuro próximo era mojarnos. Y mucho.
Guardamos los restos, empacamos en maletas, nos pusimos chaquetas y medias. (Es que nos gustaba disfrutar de la energía de la tierra en ese lugar tan especial. Especial por sí mismo, y porque estábamos ahí todos juntos).
Pusimos en marcha motores y volvimos por donde habíamos venido, despidiendo el inmóvil carguero con una última mirada de admiración por su resistencia al tiempo. Cruzamos el puente del río. Pasamos junto a la hostería abandonada (otro golpe a nuestra nostalgia), y volvimos a detenernos en el estacionamiento urbanita. Pero esta vez con malas intenciones.
Llevamos las motos hasta la playa. Y no contentos con eso, decidimos ascender hasta el segundo mirador a mitad de camino del faro abandonado y a punto de derrumbarse cual torre de Pisa, que se suma al listado de elementos nostálgicos y típicos de estas solitarias costas patagónicas. 
Allí, sin ánimos de luchar contra un sendero empinado, plagado de pozos de arena y huellas de barro, con curvas cerradas, algunos quedan admirando el inmenso mar desde media altura, mientras otros mas audaces, decidimos llevar a nuestras motos a conocer el faro de la cumbre. Así fuimos trepando hasta donde apenas si se podía dar la vuelta a las máquinas. Otra plataforma impecable de madera, cartelería, y unas imágenes de ensueño que alegraron aún mas nuestros corazones. Además habiamos llegado hasta ahí, y en moto. ¿Qué más queríamos? ah, si, las fotos de rigor.

Al descender, notamos que varios compañeros estaban sobre la KLR de Wally. Y resulta que el brioso caballo dio un respingo en uno de los pozos de arena y se estrelló de frente contra el piso. Otra cacha destrozada reparada con la mágica cinta gris. Que nunca falte en las maletas de un motoviajero! Lamentablemente el tobillo del jinete se resintió en la caída, y lo sufriría todo el camino de vuelta.
Ya puestos en aviso de que nuestro viaje había llegado a su fin, decidimos no hacer mas locuras (como ir a derrapar en la playa) y nos dirigimos a la ruta para disfrutar de una tranquila vuelta a casa por 50 km. de tierra, y mas de 100 de asfalto. Pero la aventura es la aventura, como decía Belmondo, y ésta aún nos tenía reservados un par de Ases bajo la manga.

A poco mas de la mitad de camino mi moto comienza a danzar sobre su rueda trasera. Un baile que no tenía nada de erótico y mis temores, metro a metro, se tornan cada vez mas reales. Nunca llegué a completar el kit de reparación de pinchaduras, y por lo visto, acababa de pinchar.
Detengo la moto a un costado evaluando las escasas posibilidades. De todas formas la ventaja de ir en grupo es que cada uno lleva algo de lo necesario. La desventaja de ese momento era que nos habíamos separado en distancia y el tiempo nos jugaba en contra. El tiempo etéreo y el tiempo meteorológico también.
Cuando apago el motor vuelvo a sentir esa paz, esa tranquilidad, pero esta vez era la calma que precede a la tormenta. La tormenta climática; se venía la lluvia. Para mi suerte, algunos compañeros iban un par de kilómetros detrás de mi, y pronto pararon a preguntar que pasaba. Sus ojos se opacaron igual que los míos al ver la cubierta desinflada. -“tenés compresor?”- “No” – respondo. -“Palanquetas para desarmar?”, “tampoco”. Solo traje parches y las llaves para sacar la rueda” – 
Bien, empecemos a ver que juntamos. Desarmo con las llaves de 19 y 21, utilizo mi infaltable “maderita” para elevar la moto, ya que no tengo caballete central (Técnica que me salvó en el viaje a Pto Natales)
Probamos con espuma autosellante que Nico tenía en su Africa Twin. No funciona. Desarmamos con las palanquetas que Alfredo traía consigo en la Dr400. Parche sobre una parte que parecía mordida. Cámara “made in china”, hmmm… mal presagio. Armamos, inflamos con otro spray de espuma y queda bien, al menos eso parece. Me subo, aguanta, y arranco. 
Lleno de grasa, tierra, bronca, tiempo en contra, el “Tail Bag” desordenado y lleno de tierra, recorro un par de kilómetros más hasta que la danza macabra vuelve a alterar mis nervios. Ya no hay amor en este asunto, ni juegos de seducción. Estoy realmente enojado.
Vuelvo a parar y confirmando que la cubierta esta totalmente desinflada inmediatamente comienzo a desarmar otra vez. Llegan los demás y no quiero ni imaginar las maldiciones en sus pensamientos. Pero no, son tan buena gente que se toman todo con humor, y me hacen sentir más animado. Igualmente me sale disculparme por el retraso que estoy causando. La noche se nos avecina, junto con el pronosticado mal tiempo. 
El panorama “no podría ser peor, eso no me arregla a mi”. La cámara china había estallado. En fin, esta vez sí necesitamos ayuda extra. Pero el grupo siempre tiene la respuesta! Nicolás zarpa con su blanca nave en busca de Walter, que en algún momento dijo al pasar, muy al pasar, que llevaba una cámara de repuesto en su KLR. Alabado sea!. Traen la cámara pero wally no quiso pilotear camino extra por el dolor de su tobillo. También rescataron el compresor eléctrico que tenía Quique. Pasa como rayo la Honda a nuestro lado, deteniéndose como cien metros mas allá. Hicimos las maniobras necesarias, y en menos de lo que cruza un zorro teníamos todo armado de nuevo, y esta vez sí, funcionando correctamente. Ya no hubo más bailes indomables, de cámaras chinas sin erotismo y jinetes desamorados.

El resto de la vuelta transcurre tranquilo. Nos reagrupamos en la intersección con el asfalto, donde Ricardo, el hermano de Quique, entusiasmado a mas no poder por haber realizado su primer expedición motoviajera, es despedido con honores en su regreso hacia la ciudad norteña de Río Grande. El resto volveríamos a Ushuaia hacia el sur.
Volvemos a parar en la YPF de Tolhuin para alimentar los sedientos tanques de las motos y chequear correas de ajuste, tuercas, y otros cacharros que llevamos, a veces innecesariamente, pero que queda lindo. 
La noche se cierra sobre nuestros cascos. Nos atrapó. A nadie le gusta viajar en moto de noche.

Pequeñas gotas comienzan a dibujar patrones de puntos en los visores de los cascos. Son pocas, insignificantes, hasta graciosas, pero en casi todas ellas puede leerse la advertencia: “No pierdan más tiempo!”.
No lo hicimos. En esas situaciones cada moto y cada jinete tienen sus propias formas de afrontar la nocturna y chispeante realidad. Unos rápido y con altos reflectores, otros lentos y temerosos, otros con nada que ilumine mas que un fósforo, otros mojados, otros más mojados aún, pero cada uno debía seguir su propio ritmo de seguridad.
El oscuro asfalto, como noche sin luna, parecía un agujero negro que se tragaba toda la luz que uno le proyectara. Las gotas de agua, en franco aumento de intensidad y tamaño a medida que avanzamos hacia el sur, reflejaban las propias luces de la moto y se acumulaban en comunidades de charcos que estallaban al paso de nuestras cubiertas. Enciendo los faros Led auxiliares y del susto me detengo al costado del camino casi instantáneamente. Todo brillaba, y debía constatar que sobre la ruta no estuviese acumulándose hielo o escarcha. Por suerte la temperatura estaba de nuestro lado. Continúo con el visor un poco abierto, ya que el agua chorreando sobre él me tapaba la vista. Cada automóvil que pasa, ya sea de frente o desde atrás, ilumina cada una de las pegajosas gotas en mi visor, las cuales reparten flashes de luces blancas cual diamante tallado, y la ceguera es todavía mas pronunciada. Mis luces refractan en los carteles indicadores de curvas peligrosas, que se vuelven más peligrosas. Las líneas que delimitaban el mas o menos adherente asfalto con el intransitable barro de la banquina parecían estar pintadas del mismo color que la ruta, sencillamente porque en general no estaban allí. Y calado hasta los huesos de agua, me dirijo imperturbable hacia las alturas para cruzar el Paso Garibaldi, punto de cruce de los Andes fueguinos, para dirigirme hacia la única ciudad Argentina que se encuentra del otro lado de la columna vertebral de América. Cruzo el paso sin problemas. Pero encuentro a mis compañeros un par de curvas mas adelante. Esta vez me tocaba a mi ser del grupo de apoyo. Al menos de apoyo moral.

El resto de las motos del grupo estaban con las balizas encendidas brillando en la negra noche, mojándose indefectiblemente bajo la intransigente lluvia de montaña. Una, dos, tres, estaban todas. ¿Acaso soy el último? Me detengo junto a ellos, faltan un par, pero pronto llegan también. 
La KLR de Walter había pinchado la rueda delantera, pero esta vez no había cámara de repuesto que utilizar. Las espumas de reparación no hicieron efecto, y gracias a que milagrosamente había señal de telefonía celular, pudo llamar al Automóvil Club Argentino para que con un remolque fuera a rescatarlo. Y de paso llamar a su esposa para que lo lleve a él. El resto que quisiera irse, (ya que eran pasadas las 23hs), podía hacerlo para no generar 
preocupaciones en los hogares. Los demás nos quedamos esperando el remolque, que tras hora y media aparece bajo la fría lluvia. 
Cargamos la Kawasaki, y ya resignados a todo continuamos viaje.

Mi hora de arribo fue a la 1:30 de la mañana, de un día lluvioso y frío. Cansado y sucio. Pero de todas formas felíz. Porque una vez más, quedo demostrada la calidad humana de los motoviajeros de Latitud 54, amigos, compañeros, y hasta alguno que no había visto nunca fuimos hermanos de aventuras. Y son esas hermandades, sobre todo cuando hay que resolver problemas y seguir adelante, las que afianzan las amistades y configuran recuerdos imborrables, que pasan a ser parte de nuestra historia, de nuestra biografía, y son los que de alguna manera terminan definiendo quiénes seremos nosotros en el futuro. Un ladrillo mas en la estructura de nuestra vida. Y ese es el verdadero sueño que se esconde detrás de cada Perfil del Horizonte.

Salida: Punta Paraná, Almanza. Y el día del “estreno”

Generalmente, toda salida dentro del territorio de la Isla Grande de Tierra del Fuego debe incluir, casi como norma, los avatares para enfrentar un clima adverso. Especialmente si la fecha ronda cercana al 12 de octubre. En esta breve salida de fin de semana, ese concepto se puso especial y brutalmente en evidencia.

Teniendo en cuenta el fin de semana largo particular de nuestra isla, por conmemorarse además de las efemérides tradicionales, el día de la ciudad de Ushuaia (con desfile cívico incluido), junto a varios integrantes del Grupo Latitud 54 Sur de motoviajeros se organizó una salida a Punta Paraná. Una locación 10km más allá de Puerto Almanza, un pueblo pesquero de la costa del Canal Beagle.

Plan de viaje: Salida día Domingo 14 de octubre, regresando el día Lunes 15. Distancia: 40 km por Ruta 3, y luego 40 más por la ruta complementaria J, de ripio y tierra, haciendo noche en la Chacra “Ruca Kellen”.

Previsión meteorológica: Domingo bueno. Soleado y sin viento. Lunes: Apocalypsis Now! evolucionando a cataclismo oscuro hacia las 15 hs.

Como buenos moteros de tierra del fuego, cabezones y tercos, salimos igual. (es que ya habíamos comprado la comida, es eso)

El domingo como es costumbre, nos fuimos reuniendo en la famosa “Rotonda del Indio”, lugar de acceso a la ciudad, ubicada a metros de la salida oficial de la zona urbana. No pasó mucho tiempo hasta que todos cargamos combustible, organizamos la logística, y partimos. Con buen tiempo y mejores ánimos.

Es de destacar que ya en esa primera instancia, algunos de los viajeros, mostrando respeto por el clima, decidieron por esa causa y alguna otra, viajar en vehículos de 4 ruedas. ( y como agradeceríamos eso después!). Mas o menos la mitad eran motos, la otra, camionetas. Unos 7 y 7, si mal no recuerdo.

Iniciamos la rodada sin novedad, y como es costumbre, las motos primero y los vehículos de apoyo detrás.  Parada de rigor a la entrada de la Ruta J, y continuamos por un camino un tanto húmedo, pero que no proponía grandes inconvenientes.

Cerca de la mitad del recorrido, comenzaron a sentirse los primeros efectos del deshielo reciente… más diría, aun en proceso. Y la tierra se convirtió en barro, y el barro en arcilla resbaladiza, y la arcilla resbaladiza en dolores de cabeza. La mayoría de las cubiertas que teníamos eran con tacos, en motos Dual Sport, y mal que mal, las podíamos llevar. Solo una, la Suzuki Vstrom 1000 con cubiertas de calle, sufrió primero de los efectos deslizantes de la calzada que comenzaba a no querer perdonar a los mas atrevidos. Cuando las KLR, DR 650, Tornado y demás motos con cubiertas entancadas comenzaron a tener problemas (aunque no graves), la Vstrom ya hacía rato se había vuelto sobre sus huellas en busca de un coche mas estable y seguro con el que igualmente disfrutar el destino. Una moto menos.

No sin sentir un poco el baile frenético de la rueda trasera queriendo salirse de control sobre la arcilla resbalosa y los pozos asesinos, llegamos a la entrada del pueblo pesquero de Almanza, donde algunos perros aburridos encontraron la diversión de la semana persiguiendo contentos nuestras motos que esquivaban a rítmo de macumba los pozos, charcos y piedras que abundaban sobre el camino. Pasamos el puente, los cañones / monumento del antiguo conflicto apuntados hacia tierras chilenas (que gracias a Dios nunca fueron disparados), y la escenografía nos regaló uno de los paisajes mas hermosos de la zona, con caminos en continuas curvas y contracurvas, subidas, bajadas, bosques, vistas al mar y custodiado por paredones de rocosas montañas. Así hasta llegar al parador, donde desmontamos, nos estiramos, y poco a poco, comenzamos a disfrutar de un sol que iba prometiendo calidez, una brisa que iba disminuyendo en intensidad, y una paz propia de esas costas del Canal Beagle. Pronto llegaron los vehículos de apoyo, descargamos las provisiones, y se instalaron las hornallas para comenzar a preparar un almuerzo bien merecido.

El día domingo transcurrió alegre, pacífico, con sol, mates, tortas, charlas, alguna caminata a las cascadas cercanas, alguna salida intrépida en moto hasta la estancia Moat, y el armado pausado y tranquilo de las carpas para pasar la noche. Noche en la que el fogón para el asado, la calidez del quincho, las partidas de “truco” y las bebidas espirituosas acompañando relatos de antiguos viajes, o próximos proyectos, impregnaron de buena salud mental a todo el grupo.

Solo una voz… profunda y grave, en el fondo de nuestros corazones (o al menos en el de algunos) decía amenazante: “mañana se pudre todo”, si, así en ese tono grosero. Así que nos dedicamos a disfrutar el doble. Alea Jacta est dijo el Cesar.

Amanecer del día Lunes. De los cuatro jinetes del apocalipsis que se aproximaban, al menos dos ya habían tocado tierra. La mañana despertó lluviosa, gris, fresca, y con un viento que no se decidía si seguir soplando duro y cruel desde el sudoeste, o lento e implacable desde el sudeste… para nuestra desgracia, el Dios Eolo optó por lo segundo. Que dicho sea de paso, en otras épocas más estivales, no sería un mayor problema esa lluviecita constante cayendo sin pausa y mojando absolutamente todo. Pero en octubre…. en octubre el tercer jinete ya estaba apeándose de su bestial corcel.

Y así fue como pronto se comenzaron a elaborar planes alternativos. Las motos estaban empapadas, las carpas empapadas, nosotros empapados, el camino.. bueno, el camio cada hora era mas parecido a una sopa aceitosa que a un verdadero camino. De todas formas, nos entregamos al placer de la compañía y al ya casi listo “pollo al disco”… no hay opción, hay hambre y todos a las mesas a disfrutar del almuerzo en un mediodía fresco y lluvioso. El cuarto jinete al parecer no tenía hambre, porque aprovechó nuestro descuido para llegar a tierra él también, y pronto comenzaron a caer copos de nieve. La angustiosa vuelta se acababa de configurar. Y prestos a no perder mas tiempo, empacamos, encendimos motores, y salimos raudos. (Aunque no fue tan raudo como hubiésemos querido).

De nuevo, motos primero. Menos dos, que bajo la certeza de prudencia subieron sus patas al trailer y viajaron seguras. De las cuatro motos restantes, la Suzuki DR 650 arrancó, salió, y no se la vio más. Si había una moto adecuada para ese terreno en ese momento era la Suzuki.  Emilio en su Tornado, Lolo en su Dl650, y yo en mi smx 400 salimos juntos, luchando contra las inclemencias que iban en franco aumento; Pozos llenos de agua marrón, ripio resbaladizo, visores empañados, algunos perros menos, frío que cala los huesos, ya calados por la lluvia, motos empapadas, copos de aguanieve presagiando malos augurios, y el sentimiento de culpa de no haber salido mas temprano.

Y así recorrimos casi 30 de los 40 kilómetros que nos separaban del asfalto, que no era ninguna garantía tampoco. De hecho no lo fue, ya que al pasar mas tarde, vimos un par de accidentes vehiculares producto de las malas condiciones y el hielo acumulado en la vía. Pero volviendo a las motos…

Mas o menos, mal que mal, de una forma u otra, o como quede mas didáctico, continuamos viaje, soportando estoicamente el clima que empeoraba a cada kilómetro. Y entonces… tres… dos…. uno…..  calma total. ¿donde fue el viento? ¿que pasa con el aire? está raro. Copos.. ¿que? ¿así, de ese tamaño? nooo, no puede ser…

Si, puede ser. Copos de nieve del tamaño de un plato caían sobre la ruta desde la luz que dejaban los árboles que rodeaban el camino. Sin viento, y sin nada que los alejase de posarse y acumularse frente a nuestras cada vez mas incontrolables ruedas, de repente, y como por arte de magia, en menos de cinco minutos la blancura resbaladiza nos tomó por sorpresa y nos cayó encima como una manta blanca con la que nuestros jinetes del apocalípsis se regocijaban tendiendonos la trampa final.  Y salvo la Dr650 que salió justo a tiempo, a nosotros tres nos atraparon.

En esa instancia las motos comenzaron a perder tracción. Delante mío la Vstrom dio un trompo clavando la maleta sobre la tierra, y después de dos giros se detuvo a metros de la banquina anegada. Por suerte sin consecuencias graves. Por mi parte, me costaba controlar la moto por tres básicas y no tan elementales razones: el frío había causado que el cable del acelerador se pusiera extremadamente duro y no reaccionara con la presteza necesaria para controlar la velocidad en tan malas condiciones; mis dedos, a pesar de los guantes de pluma y los ingeriores térmicos, también se estaban congelando y perdiendo sensibilidad, aumentando así​ la disfunción de todo el sistema. Y a todo aquello había que sumarle el estado del camino con casi 2 cm de nieve mas la arcilla de fondo, y la caída natural de la calzada hacia los costados. Todo un conjunto de efectos que lograron hacerme perder el control, y terninar desparramado en el suelo ¡por primera vez en mi vida! si, según algunos, me acababa de bautizar como motero. No fue grave, venía muy despacio, pero mi pié quedo atrapado bajo la moto, ya que estaba sentado muy encajado entre el equipaje y no pude soltar a tiempo la máquina. Pero la bota Gaerne cumplió perfectamente su función protegiéndome el pie sin un rasguño ni dolor. El traje de agua sufrió el desgarro en brazo y pierna, mi codo un moretón sin importancia, y las defensas laterales de la moto un poco hundidas y raspadas, también cumplieron perfectamente su cometido al proteger el pedal de freno y las cachas. Una caída con suerte. (suerte que venia despacio). A esa altura decidimos parar. No tenía sentido seguir así y arriesgarnos a cosas peores. Al mirar hacia la izquierda, una casa nos pareció la mejor opción para algo que parecía vergonzoso pero era lo mas prudente: Dejaríamos las motos a resguardo allí, y seguiríamos en los vehículos de apoyo. En ese momento vuelve la Tornado que al no vernos por los retrovisores, a pesar del riesgo giró 180 grados y volvío a buscarnos para encontrarse con el panorama de ajetreo que había en medio de la ruta. El dueño de la estancia estuvo de acuerdo, y allí mismo, bajo un Ñire (árbol autóctono) tan sorprendido como nosotros, dejamos descansar las tres máquinas y empapados, golpeados y frustrados nos subimos a un motor home, y tomando mate volvimos a la civilización. Al día siguiente planificaríamos el rescate de nuestras motos.

Día Martes, no te cases ni te embarques. Pero rescata tu moto!
Coordinamos los tres en dos pickup, y fuimos a buscar las motos dejadas a 50km. El clima no había mejorado mucho, así que el plan desde un principio fue cargarlas en las camionetas. Lo hicimos y volvimos, descargando en cada domicilio las embarradas motos, y organizando las reparaciones y lavado en el primer día soleado que apareciese. Fue recién al sábado siguiente. 

Asíes la Tierra del Fuego. Todo puede suceder en un solo día, y siempre hay que estar preparado. Pero supongo que esa es la esencia de la aventura.

Buenas rutas, hasta la próxima.