Viaje a Puerto Natales, Chile (Continuación)

La Aventura del Viento (Parte II)

Día 2 en solitario, motoencuentro

Buen día! Son las 8:30am, el aroma a tostadas y café invade todos mis sentidos, que ya se encuentran totalmente recuperados. Por la ventana observo el cielo plomizo, que como desafiándome sutilmente, deja caer algunas gotas frías sobre mi moto.

Mientras mi cerebro lentamente se va enterando que hay que moverse, acomodo un poco el equipaje, y bajo a desayunar. Un enorme salón, que antiguamente fuera el living de una casona, alberga dos mesas grandes, con espacio para más de diez personas. La vajilla para desayunos está colocada, pero nadie ha venido aún. Soy el primero. Amablemente me traen tostadas, huevos, dulces, y budines, me preparo un café, y ahora sí, estoy listo para continuar.

 

 

 

 

 

 

Saludo agradecido a los encargados del hostal. Detrás de mí, el portón de chapa del parking se cierra, y mi moto rueda por la calle dejando la huella de los tacos de la cubierta sobre el asfalto mojado. Me dirijo a una cercana COPEC a repostar combustible, lleno el tanque y vuelvo a la autovía de salida de la ciudad, que pasa junto al mar y a esas horas no estaba muy transitada. Llueve, pero ya había salido con el traje de agua puesto. Seco y visible, como se debe.

El viaje es tranquilo. Me esperan 250km hasta Natales por la Ruta 9. La lluvia se convierte en llovizna, y en poco tiempo el sol intenta ganarle la mano a las nubes y asoma de vez cuando, como queriendo dejar claro que estaba ahí, pero que mucho mas no podría hacer por mí. De todas maneras, la ruta era disfrutable, a pesar de encontrarme varias veces con partes tan mojadas, que el spray que levantaba la moto formaba arcoíris que veía por los espejos.

A 95km se encuentra enclavada detrás de un pequeño morro que protege del viento, una pequeña población, tan pintoresca, que parece un pueblo artificial construido para alguna película de Michael Landon. Parada obligada, por cierto. Allí tomo algunas fotos y descanso del viento (porque había viento, pero como ya es parte intrínseca del viaje ni lo menciono). Un ruido muy particular llama mi atención.Seis o siete Harley encienden motores y me sacan bruscamente del ensueño de paz en que me encontraba.

 

 

 

 

Recién ahí noto que había un parador unos metros más allá, donde todos los viajeros estaban descansando. Así volví a la realidad, y veo pasar varias BMW por la ruta, alguna que otra VStrom, (todas equipadas con maletas), y otras motos deportivas. Algunas paraban, otras seguían camino saludando con bocinas, y en ese momento comencé a vivir el ambiente del encuentro internacional de motociclistas. Ya estaba cerca.

 

 

 

 

Me quito el traje de lluvia. Ya no llueve, pero además no quiero parecer un lápiz resaltador en moto y sigo camino. El sol aparece para saludarme y brindarme calor y una muy disfrutable conducción, a pesar de las nubes casi negras que oteaban el horizonte, en el derrotero en que yo me dirigía.

Puerto Natales

 

 

 

 

Entrando a la ciudad, paro para sacar la esperada foto en el cartel de bienvenida con la imagen del famoso Milodón, una especie extinta de mamífero, como un perezoso gigante parecido a los actuales, pero de dos metros y medio de altura cuando estaba en cuatro patas. Allí cerca se encuentra el monumento natural Cuevas del Milodón, (o cueva Eberhard) que son unas asombrosas cavernas gigantes, donde se encontraron los restos de éste animal extinto hace 10.000 años. En este viaje no iba a poder ir a visitarlas.

Sigo por la ruta de acceso y me dirijo por la costanera hasta mas allá del puerto, donde desde lejos ya veía los relucientes cromados de decenas de motos aparcadas en la plaza. Al acercarme escucho la perfecta ejecución de canciones de Deep Purple interpretadas por una banda local que tocaba en medio de la plaza. Busco lugar, voy metiéndome entre motos y gente y con mucha alegría en el corazón lo veo a Quique. Le toco bocina y con cara de asombro y alegría nos damos la mano y me indica donde están estacionadas sus motos. Paro cerca y vienen a mi encuentro Claudio, Lolo, y luego el resto de los muchachos de Latitud54Sur, la agrupación de Motoviajeros de Ushuaia de la cual soy parte. Estaban sorprendidos. Claro, mi último reporte al grupo fue que había pinchado en Tolhuin, era tarde, y no sabía qué hacer. Así que luego de las charlas de como estuvo la ruta, como se portó la moto (de diez realmente), y como se portó el piloto (ehmm… creo que bien), me indican donde acreditarme y voy feliz a registrar mi llegada.

No transcurrió mucho tiempo, cuando comienzan a anunciar que va a comenzar la rodada por la ciudad. Nos enlistamos (yo todavía con todo el maletaje a cuestas), nos posicionamos juntos los del grupo, y esperamos la orden de salida.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hicimos el recorrido. Lo de siempre; saludar a la gente, especialmente a los chicos, que se veían súper entusiasmados de ver semejante despliegue de motos de todo tipo y color, recalentamiento de motores, frenadas, no pasar de segunda marcha, y varios etcéteras comunes a todo evento similar. Terminamos en la plaza central del pueblo, donde desmontamos y nos juntamos para la foto oficial, y luego nos dispersamos.

Quique, Lolo y Claudio me guían hacia el hospedaje, que había reservado yo, pero no sabía bien como llegar. Nos íbamos a tomar un rato para descansar, ya que en poco más sería la concentración para la salida a Cerro Castillo, donde sería el almuerzo del evento, y luego iríamos al mirador de Torres del Paine.

El hotel estaba bastante bien. Las motos quedaban dentro del predio, y las habitaciones eran ajustadas pero completas. Quique y yo estábamos en una doble, y Lolo y Claudio en la triple, que amablemente nos cobraron como doble.

Compartimos relatos, les conté mis peripecias, descansamos, y ya con la moto más liviana, nos preparamos para volver a salir.

El grupo ya había salido, pero conocíamos el camino y salimos los cuatro jinetes rumbo al pueblo. La ruta estaba impecable, y además, era hermosa. La prolijidad, los paisajes, el clima que acompañó más de lo esperado, todo hacía que se disfrutara mucho andar en moto. Nos movíamos rápido, 120km/h. Pasamos dos grupos de motociclistas, íbamos realmente felices en el camino.

Llegamos al pueblo, y nos acercamos al playón donde vimos el resto de las motos. Otro de esos pueblos de postal. Mínimo y pintoresco. Nos dirigimos al gimnasio donde nos convidan con unas enorrrrmes (sí, con muchas erres) empandas de carne, con budines y café. Esas mezclas chilenas! Me encantan. El Alcalde pronuncia un breve discurso, emocionado de que tanta gente esté en su pueblo en ese momento, hablan las autoridades del encuentro, y luego en una confusa partida, casi todos vuelven a Natales. (es que la mayoría eran locales, y ya conocían las famosas montañas en forma de torres de granito), Pero nosotros decidimos ir hasta el mirador. Lolo se vuelve, para recorrer el centro y pasear un rato. Claudio, Quique y yo partimos hacia Torres del Paine.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los carteles indican un largo camino hasta el parque, por lo que decidimos, dada la hora, llegar hasta un punto en la ruta desde donde al menos se aprecian las montañas desde lejos. Y deseamos que esas nubes bajas y espumosas tengan otra cosa más interesante que hacer que cubrir lo que queríamos ver.

La ruta, en partes pavimento y de repente ripio, y otra vez pavimento, y así por varios kilómetros, era divertida. Saco mi cámara digital y conduzco con una mano, mientras con la otra intento hacer tomas de los tres, algunas más divertidas que otras, algunas mas riesgosas, pero lo pasamos bien.

 

 

 

En el punto panorámico, nos encontramos con otros moteros de Ushuaia que habían tenido la misma idea que nosotros, y estaban disfrutando unos ricos mates! Ahh, mate! Paremos acá muchachos! Saco unos alfajores de maicena que había traido y los reparto, nos convidan mate y nos quedamos charlando un rato. Hago unas fotos, y unos videos cortitos. Antes que oscurezca emprendimos la vuelta. Disfrutamos la conducción, tranquilos, y yo prometí no molestar más con tomas raras y fotos posadas.

De regreso al hotel, nos duchamos y nos preparamos para ir a la cena de cierre del evento. Fuimos a pie, porque seguro que habría vinos y cervezas (y si que los hubo!), comimos unos ricos chorizos, cordero y pollo, con papas y ensalada, disfrutamos de shows en vivo, charlas, premiaciones, sorteos….

Sorteos: Claudio y Lolo salen con suerte! Ganan dinero y un voucher para el transbordador que lleva de Natales hasta Puerto Montt, para hacer LA CARRETERA AUSTRAL CHILENA!! Todos saltamos de alegría por el regalo que la suerte le congració a Claudio. El resto de las charlas rondaron en torno a la organización de la próxima aventura por la Carretera Austral!

Volvimos contentos al hotel a descansar. Eran pasadas las 2 de la mañana, y habría que volver a casa al otro día. Casi 800km, y el lunes debíamos entrar a trabajar. Por suerte eso no fue tan crítico ya que nos habíamos preparado por si acaso, excepto Claudio que si o si debía regresar.

 

 

 

 

El Regreso. Domingo 24: el día mas duro

Esa mañana nos levantamos temprano. Lo primero que hacemos es chequear el pronóstico en el smartphone. Mala pinta. Viento, lluvia, nieve, y más viento, especialmente viento, y de los fuertes.

Preparamos las maletas, ajustamos el equipo, chequeamos las motos, bajo una leve llovizna y un frío mañanero que nos invitaba a ponernos todo lo que habíamos traído en el bolso. Vamos a desayunar, y allí organizamos la vuelta. Teníamos noticias que San Gregorio seguía sin combustible. Estábamos muy justos. Decidimos ir hasta la intersección de la Ruta 9 y la 255 y allí evaluar nuevamente la situación.

Salimos y paramos en la Petrobras. Lubricamos cadenas, cargamos combustible y bidones, revisamos aceite y neumáticos, y emprendimos la vuelta, bajo el cielo gris, la llovizna fría, y el viento que llegó para quedarse y ser el protagonista principal en esta historia.

Ni bien dejamos la ciudad, el cachetazo atrevido del viento nos dio vuelta la cara con total impunidad. Las motos escoraban como veleros atrapados en un temporal, y la lluvia se divertía cambiando de forma para sorprendernos con nieve, granizo, agua de arriba, de frente, de costado, e intentar hacer que estos desafiantes pilotos se largaran a llorar ahí mismo.

Tanto era el frío, que nadie tuvo que organizar detenernos en Villa Tehuelches. Allí otros moteros habían parado (vestidos de cuero ellos) para protegerse de las inclemencias de un día que parecía no estar en buenos términos con las motos. Nos refugiamos en el pequeño almacén, donde la amable señora que atendía nos sirvió café, y le compramos unas golosinas y tortitas. Calentamos el vientre y el espíritu, pero de nada servía esperar, dilatar la comodidad, porque el clima solo iría empeorando. Esperamos sentados en unos bancos al estilo western a que pasara ese negro nubarrón de granizo sin que nos vea. No nos vió, pero nosotros no vimos al que venía detrás. Salimos de la protección del pueblo y el viento nos ajustició celoso de haberlo engañado.

 

 

 

 

 

Llegamos a la intersección, y paramos en una gasolinera que parecía abandonada. Allí un poco, apenas, protegidos del viento, en un rarísimo claro en las nubes, paramos a decidir. Claudio iría en solitario hasta Ushuaia, y los demás a Punta Arenas. Allí se quedaría Lolo hasta más tarde, porque habaía comprado unas cubiertas nuevas y se las instalarían alrededor de las 3:00pm.

Despedimos a Claudio deseándole buenas rutas, y lo vimos alejarse en su Kawasaki Klr 650. Le espera un duro regreso. Nosotros partimos hacia la ciudad portuaria chilena. Arrancan las dos Suzuki V-Strom 650 de Lolo y Quique, y yo voy detrás con la Gilera Smx 400 Rally, que hasta ese punto ya me había sorprendido enormemente con su rendimiento a la par de las otras 3 grandes.

El corto tramo entre esa parada y la ciudad fue un verdadero calvario. El viento, inconforme con pegarnos de un costado, se pasaba violentamente hacia el otro, de frente, o de donde se le antojara, con una fuerza que provocó que yo empezara a propinarle todo el repertorio de insultos que tengo aprendido en estos 44 años de vida. Tanto lo insulté en cada golpe que me daba, tanto me sorprendía, que no podía creer que pudiera todavía ser peor a cada kilómetro. Ante tanto improperio dentro del casco, comencé a tentarme de risa, a reír descontroladamente, no podía parar. Los ojos con lágrimas de la risa no me dejaban ver el camino, y el viento golpeaba aún más fuerte, y me causaba más y  más carcajadas. No veía por donde iba, ya estaba al borde de la locura. Era insano, inhumano. Al fin llegamos a la ciudad y todo parecía más calmo. Yo también. Paramos en un semáforo y mis compañeros me miran extrañados, y yo, partido de risa, no sabía cómo explicarles mi locura, aunque seguro se lo imaginaban. Paramos las motos en la zona franca frente al shopping, que era el único lugar abierto a esa hora un domingo, y desmontamos. Nos reímos los tres del incidente con el viento y fuimos a almorzar. Mientras tanto, Eolo tuvo tiempo de sobra para prepararnos a su antojo, todo el Rock´n roll del camino de regreso.

Sentados en uno de los locales de comida rápida, grasosa y poco nutritiva pero que devoramos como si fuera la última, nos despedimos de Lolo que debía esperar a que abra el local donde instalaría los neumáticos nuevos. Quique y yo saldríamos luego de hacer unas “compritas”. Y si, ya que estamos ahí…

Muy graciosa debe haber sido mi imagen, de motoviajero acosado por el viento, con los pelos parados, la cara colorada por el sol, el traje de moto lleno de tierra, las protecciones, las botas… y una Barbie bajo el brazo. Es que le compré un regalo a mi hijita, tampoco para pensar mal eh.

Guardo la muñeca en la maleta junto con un par de regalitos mas, Quique se prueba los guates que había comprado, porque estaba sufriendo mucho el frío de la ruta, y nos encaminamos a la Shell a llenar tanques y bidones para volver a casa. Volver a casa… -“Don Eolo, ¿podemos?”, -“NO”, -dijo tajante, con una risa hosca desde las profundidades del incierto horizonte.

La lluvia continuaba pegando de costado, y de todas las otras dimensiones que estuvieran habilitadas en este universo. Y el viento, bueno… el viento… ese estaba ahí, claro. Al doblar en la Y-255 tomamos rumbo franco a la balsa para cruzar de nuevo a Tierra del Fuego, pensando que probablemente encontremos ahí a Claudio y algunos moteros mas, porque el estrecho de Magallanes se pone tan áspero con el viento que las balsas no cruzan, y todas las condiciones estaban dadas para ello.

Soportamos estoicamente los embates del viento, la lluvia, y los peligrosos choiques (pequeñas avestruces silvestres) que se cruzan en el camino sin un mínimo de educación y sin avisar. Y no son tan pequeñas.

Llegamos al balseo, y afortunadamente estaba cruzando. No vimos a nadie, no había motos. Apenas unos coches y dos o tres camiones. Embarcamos y a causa del rolido, el personal de abordo nos recomienda no dejar solas las motos porque pueden caerse. Yo me quedo con las máquinas y Quique va a pagar la tasa de embarque. Unos $150 pesos argentinos por moto.

Al llegar a puerto, cruzamos la rampa y paramos a un costado del camino. No sé bien para qué, o no lo recuerdo. Solo sé que quise poner la GoPro y desistí inmediatamente a causa del extremo viento. Ya no me quedaban ganas de realizar ningún registro en imágenes de nuestro camino. Ya no me causaba ninguna gracia. Los dos estábamos un poco preocupados, porque el sol iba descendiendo a su lecho, y todavía nos esperaban la parte de ripio y las fronteras, para llegar a dormir en San Sebastián, y así evitar las largas colas en migraciones a primeras horas de la mañana. Antes de las 3:00pm del lunes, debíamos estar en Ushuaia.

Son aproximadamente 170km. desde la balsa hasta el paso, más los 12km. entre fronteras hasta alcanzar la hostería, que esperábamos tuviera vacantes. Seguimos camino, y seguimos soportando el viento. Cada vez que volvíamos a arrancar era prepararse mentalmente para el esfuerzo de mantener las motos en el medio del camino, sostenerlas cuando nos cruzaban camiones, para no salir disparados hacia la banquina, mantener la cabeza derecha porque el viento contra el casco nos quería hacer mirar el paisaje lateral, y mantener las marchas de las motos en el esfuerzo de ir en contra del viento en muchas ocasiones. Pero lo hacíamos sin chistar, ya ni fuerza para quejarse.

Giramos en el camino de Onaisin, el que está a medio pavimentar, y continuamos hasta que la ruta comenzó a transformarse en camino alternativo al costado del principal. A esta altura, el sol ya estaba rozando el horizonte, o al menos eso sospechamos porque las nubes no permitían ver su posición exacta. Se hacía tarde. Había que mantener la velocidad. Nos paramos sobre las estriberas, presionamos las rodillas sobre el tanque, arqueamos los brazos sobre el manillar, y con la cabeza recta hacia adelante, mantuvimos el ritmo navegando sobre el ripio, los pozos de arena suelta, los baches, piedras y otras cosas menos amigables que había por el suelo. Y claro, el viento. Siempre el viento.

Curva, carteles, aflojar marcha, sentarse porque subimos al pavimento. Curva, carteles, aflojar la marcha, pararse en las estriberas. Así por al menos 40 kilómetros de intermitencia asfáltica. La noche ya estaba a punto de caer. Ya no había ninguna chance de perder más tiempo. Teníamos que llegar. Nos concentramos en eso, en el camino, en la conducción. Tanto que ni el viento sentimos. (mas tarde nos daríamos cuenta que esto ofendió gravemente al Dios Eolo, quien perpetró su maléfica venganza contra nosotros).

Finalmente divisamos las luces del paso fronterizo, y nos empezamos a relajar. Llegamos duros del frío y la conducción extrema. Al terminar con el papeleo que fue casi instantáneo porque ya nadie cruzaba, volvimos a las motos y nos encontramos con un Pablo, un viajero de Ushuaia, que nos preguntó por un accidentado. No vimos ni sabíamos nada. El caso es que un motociclista, pilotando en condiciones similares a las nuestras, se pasó de largo en una curva en la parte en obras, cayo de la moto y tuvo unas fracturas. Nos dicen que la ambulancia estaba llegando a la frontera con el herido. Como nada podíamos hacer por ayudar, seguimos camino por los casi 12km restantes hasta el lado Argentino.

Quique sale adelante. Yo voy unos metros más atrás. El camino es ancho, consolidado, no había nadie, que podía pasar… VACAAAA!!!!!!!

Apenas peiné los frenos, parado en la moto veo un bulto negro cruzarse delante de mí. Solo vi una mancha blanca en la pata, porque el imprudente bovino era casi todo negro. Por poco no termino de cara contra una chuleta de res. ¿Algo más? Mejor no pregunto. Me callo dentro del casco. Sigo. Ya llegamos. Hacemos papeles, estamos en Argentina. Chocamos puños. Lo hicimos. Vamos al hotel del A.C.A. y pedimos habitación:

-“Buenas noches, por favor, queríamos una habitación doble por esta noche”- dijo Quique.

-“¿Tienen reserva?”

-“Nnn…no”- digo yo dubitativo. Me la veía venir.

La señora, encargada del lugar, con cara muy seria, nos mira, mira nuestro calamitoso estado rutero, nuestras caras de filtración. Pone gesto adusto, y contesta:

-“No tengo habitación, esta todo ocupado”-

Nos miramos incrédulos. El alma por el piso. Nos pareció escuchar por los techos, la risa sarcástica de Eolo que se regocijaba de nuestro destino.

Volví a preguntar “-¿De verdad no hay habitación?”- de modo automático, como queriéndome convencer a mi mismo que teníamos un problema.

La señora nos mira, hace una pausa, y se desarma de risa. –“Nooo, es broma! Si no hay nadie! Pasen, pasen”-

Desempacamos, parapetamos las motos detrás de una pared para protegerlas del viento, y con la felicidad exacerbada por el juego sínico de la encargada, fuimos a comer unas exquisitas milanesas con papas fritas, hechas en el momento, al mejor estilo casero, con una botella de cerveza fresca. Y nuestra venganza por la broma, fue pedirle una segunda ronda, porque estábamos famélicos.

Bromas aparte, la atención en el hotel fue muy amable y amena. Nos sentimos bienvenidos y bien atendidos, y el descanso no pudo ser mejor, incluso, con el viento zumbando enojado sobre los techos de la habitación. Mañana no parece que fuera a mejorar, de hecho, el pronóstico nos indica que el viento aumentará cerca del mediodía. Pero a nosotros lo que pasara mañana ya no nos importaba. El secreto es vivir el día a día, y preocuparse por las situaciones que se van presentando en cada momento, y ver la forma de resolverlas lo mejor posible. Es increíble cómo aparece la creatividad en momentos donde la vulnerabilidad de un viajero parece jugarle en contra. Si hay viento mañana, será un asunto que resolveremos mañana. Ahora, lo mejor es descansar.

Día 4, Tramo final: El fantasma.

Esa mañana nos despertamos muy animados. El ambiente estaba tranquilo, y el desayuno incluido en el precio nos esperaba en el comedor. El costo por dos personas, con desayuno, incluida la cena de anoche, no superó los 1.300 pesos argentinos. Anotamos en nuestros mapas ese lugar como un parador a tener en cuenta en próximos viajes.

Nos servimos café, tostadas, jugo y volvimos a consultar las noticias en los celulares. Varios mensajes de amigos llegan con advertencias: “Esta nevando en Ushuaia, no salgan”, “Tengan cuidado, hay mucha nieve”, Nevó toda la noche, quédense en Rio Grande”. Cotejamos con la aplicación del clima, y esta decía vientos fuertes, nevadas intermitentes, bajas temperaturas, y no sé que otras chanchadas mas. Parece que la aventura no había terminado.

En ese mismo instante vimos pasar la sombra de un fantasma. Uno muy bien conocido por todos los que vivimos en esta zona. Presentíamos su presencia desde del día anterior, pero ninguno dijo nada. Ahora, al hacerse evidente, le dimos entidad con palabras, lo nombramos, y se hizo corpóreo en nuestros cálculos: El Paso Garibaldi iba a estar nevado o congelado.

Decidimos no hablar del tema hasta aproximarnos allí. Había varios planes que diseñamos instantáneamente: Quedarse en Rio Grande, Quedarse en Tólhuin, o llegar al paso y explorar, y dependiendo el estado volver para atrás.

Cargamos los bolsos, vaciamos los bidones en el tanque para ir mas livianos, verificamos presión de neumáticos, cadena, aceite y salimos. Debíamos recorrer 290km en cuatro etapas. Al tomar la primer curva dejando detrás nuestro el hotel, el viento proveniente del mar que se encontraba a poca distancia de la ruta, nos recordó de dónde veníamos. Pero esta vez, ya sea por la aparición del fantasma, o porque estábamos cansados o acostumbrados al embate del aire, lo tomamos como algo ya intrínseco en nuestro camino.

Recorrimos aproximadamente ochenta y tantos kilómetros hasta llegar a la Ypf que se encuentra en la intersección con la Ruta Nacional 3, la cual habíamos dejado hacía unos algunos minutos ahorrando un buen tramo de camino para no ingresar en la ciudad. Paramos en los surtidores para realizar la última carga de combustible. En el puesto junto a nosotros se detiene una camioneta, y un rostro conocido saluda desde la ventana. Un personaje de la ciudad, también motoviajero, nos saluda. No hizo ni falta preguntarle, él mismo nos dijo que en Ushuaia nevaba un poco, pero que ya estaba despejando. Y la pregunta de rigor salió de nuestras bocas casi al mismo tiempo. Llamamos al fantasma y lo encaramos con valentía. –“Vicente, cómo está el paso?”,- “bien muchachos, no se preocupen, está limpio, pasen tranquilos”.

 

 

 

 

 

Todas las otras recomendaciones eran contrarias. Nuestros compañeros de viaje aún no habían llegado, o estarían acomodándose, porque no había noticias de ellos. Sí nos enteramos de otro accidentado, este, a causa de los fuertes vientos cerca de la ciudad de Rio Grande. Pero confiamos en quien acababa de pasar, que además es motero. Dejamos al fantasma tranquilo y seguimos.

El viento seguía golpeando, pero ya no llovía. El clima estaba mejor. De allí en adelante, solo mejoró, lo que provoco una proporcional mejora en nuestro ánimo. Además, ya estábamos cerca de casa.

Llegamos a Tólhuin. Dos de las cuatro etapas completadas. Solo quedan alrededor de 100km, 50 hasta el paso y 50 hasta casa.

En la ciudad existe una panadería llamada “La Unión”, que se hizo famosa en la zona, no solo por su estratégica ubicación, sino por su particular decoración: Un rincón dedicado al Médico Cardiólogo Argentino René Favaloro, con estatua incluída; paredes tapizadas con fotografías del dueño junto a todos los famosos que alguna vez pisaron esta tierra, y obviamente, pasaron por allí; y alguna vez tuvo también un mini zoológico exótico con castores, tucanes, y otros bichos que en algún momento fue cuestionado y ya no existe más. Las ventanas de ingreso están casi por completo cubiertas de las pegatinas de cada viajero que pasó por allí y dejó su marca. Si sumamos a todo eso una oferta pastelera y gastronómica bastante amplia, se podría decir que es el punto de encuentro obligado para cualquier viajante de la Ruta 3 fueguina. No fuimos menos, y nos pedimos unos lomitos completos de almuerzo. Quique ve una calco de “Motos clásicas argentinas – Gilera” y no duda en regalármela como condecoración por el comportamiento impecable de mi moto. Si bien no es clásica, es Gilera y creo que se lo merece.

Dejamos la recién nacida ciudad para recorrer los tramos que nos llevarían hasta el último mojón en este viaje: El paso Garibaldi.

Aprovechamos que el viento comenzó a mermar, y aceleramos nuestras máquinas. Delante de nosotros se observaban claramente los picos nevados de la cordillera. Comenzamos la lenta trepada, por un camino que se mostraba seco y firme. Estaba recientemente re-asfaltado y las motos rodaban suaves sobre el pavimento de color negro. Comienzan las curvas serpenteantes hacia la parte más alta del paso, donde la ruta angosta, sin banquinas y con consecutivas curvas muy cerradas, transcurre entre paredes de roca vertical propensa a desprendimientos a un lado, y un precipicio de más de 100mts de profundidad del otro,  donde en el fondo reposa el lago Escondido.

Pulgares arriba de Quique que va delante. Me mira por el espejo y le devuelvo el gesto. Todo está bien. El fantasma se desvanece junto con las pequeñas nubes esponjosas que decoran las cumbres. Los rayos del Sol comienzan a calentar nuestros trajes y a indicarnos, cómplices de nuestra intención, la proximidad de los caracoles del descenso. Se nos antoja la parte más divertida del trayecto.

Vamos tomando las curvas con velocidad, inclinados, felices y conformes de poder decir casi con total seguridad, que habíamos completado el viaje sin mayores problemas.

 

Pasamos por los centros invernales, por debajo de las telesillas que aún llevaban esquiadores hacia la cumbre del Cerro Castor. Hacemos sonar la bocina a modo de saludo y los sorprendidos entusiastas de los últimos días de esquí de la temporada lo devuelven levantando la mano. “¿Quiénes serán esos dos locos, que pasan zumbando por la ruta rodeada de nieve, en dos motos cargadas de bolsos y maletas?”. Se me ocurre que yo pensaría eso si estuviera en las telesillas. Ambos somos esquiadores, y hemos visto pasar viajeros por debajo nuestro infinidad de veces. Pero en esta, nos toco ser los de abajo.

Llegamos a la entrada de la ciudad y nos detenemos en los pilares de bienvenida, donde nos recibe el típico barro dejado por la nieve primaveral derretida, y nos sacamos las últimas fotos: de las motos, del barro en las botas, del barro en las motos, de las caras de cansancio y felicidad. Habíamos completado todo el viaje sin problemas, en una de las rodadas más duras que nos ha tocado. Donde otros habían quedado en el camino, o incluso en el hospital, nosotros seguimos adelante. Saludamos al oficial de policía de la entrada y tomamos la ruta alta hasta nuestro barrio, donde en la rotonda de entrada nos separamos con saludos efusivos de bocinas y gestos. Cada uno para su casa. El viaje había terminado, pero la camaradería gestada en el camino perdurará por siempre. Es en las situaciones duras donde se forjan las uniones entre viajeros, que seguramente, volveremos a juntarnos en otro asado, con picada y cervezas, y los mapas impresos de nuevos destinos.  Todavía quedan muchas historias por escribir.

F I N

 

Apreciaciones finales:

Haber decidido salir en solitario no estaba en mis planes iniciales. O en realidad sí. Cuando surgió el encuentro en Punta Arenas en el mes de octubre, tuve que reprimir mis deseos de viajar porque las fechas se me superponían con otros compromisos. Más tarde me entero del 2° Encuentro internacional de Puerto Natales, asumí que todos irían al otro, que es uno donde concurren muchisimos motociclistas. Será. Por mi parte, y conociendo Natales y queriendo conocer Torres del Paine, no dude en organizarme para participar. Lo planee para viajar solo. En parte porque nadie en el grupo había comentado nada sobre ir, y además porque quería de alguna manera, encontrarme a mí mismo con mi moto y el camino. Si, me daba alguna que otra puntada en el estómago porque nunca había viajado en moto en solitario. Pero era lo que quería hacer.

Más tarde, y dado que el encuentro de Punta Arenas se solapaba con el día de la madre, muchos amigos empezaron a planificar el viaje a Natales. Ahí me contacté con quienes serían mis compañeros de ruta. Y nos juntamos a planificarlo. El resto de la historia, si llegaron hasta acá, ya la conocen.

El destino quiso que igualmente hiciera la ida en solitario, y no faltaron los inconvenientes y situaciones que me presionaban para abandonar. Por suerte, o gracias al temple que se endurecía con el sueño de viajar solo, alimentado con tantos libros de viajeros que llevo en mi haber literario, seguí adelante resolviendo cada situación en la medida que se iban presentando.

Mi mayor miedo, debo confesar, era la moto. Es una moto fabricada en china, ensamblada en Argentina, en la planta Spegazini de Gilera, y que además no había tenido un buen invierno ya que al no tener garaje en casa, solo quedó protegida del viento, la lluvia, la tierra, la nieve y las heladas, con un cobertor, que aunque de buena calidad, no es lo más óptimo. Pero de alguna manera confiaba en ella. Sabía, o creía que no iba a decepcionarme. Y de verdad que no lo hizo. En todo el viaje no tuvo ningún problema (salvo la pinchadura, pero eso es un eventual indiferente a la moto incluso al neumático), y se mantuvo a la par de KLR y V-Strom, quienes sostenían que en ningún momento tuvieron que esperarme o sentirse retrasados por mí. Llevábamos un ritmo de velocidad promedio de 120Km/h.

De todas formas, sigo ahorrando y poniendo mis esfuerzos en el objetivo de tener una Kawasaki Klr 650. Esa es la moto perfecta para mi, y con la que voy a poder viajar más lejos, mas rápido y más seguro. Pero la Gilera tiene todavía mucho para dar. Espero poder completar el proyecto Rutas de Fuego con ella, pero esa ya es una historia aparte.

Mi registro oficial de viajes comenzó con el relato precedente. Espero que continúe así hasta que tenga que emprender el viaje final, al lugar de donde no se regresa. Hasta entonces, haré lo posible por seguir explorando este mundo y sus misterios y costumbres. Porque la vida es muy corta, y el mundo muy extenso.

Buenas rutas.
Augustus 29/09/2017

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