Salida: Punta Paraná, Almanza. Y el día del “estreno”

Generalmente, toda salida dentro del territorio de la Isla Grande de Tierra del Fuego debe incluir, casi como norma, los avatares para enfrentar un clima adverso. Especialmente si la fecha ronda cercana al 12 de octubre. En esta breve salida de fin de semana, ese concepto se puso especial y brutalmente en evidencia.

Teniendo en cuenta el fin de semana largo particular de nuestra isla, por conmemorarse además de las efemérides tradicionales, el día de la ciudad de Ushuaia (con desfile cívico incluido), junto a varios integrantes del Grupo Latitud 54 Sur de motoviajeros se organizó una salida a Punta Paraná. Una locación 10km más allá de Puerto Almanza, un pueblo pesquero de la costa del Canal Beagle.

Plan de viaje: Salida día Domingo 14 de octubre, regresando el día Lunes 15. Distancia: 40 km por Ruta 3, y luego 40 más por la ruta complementaria J, de ripio y tierra, haciendo noche en la Chacra “Ruca Kellen”.

Previsión meteorológica: Domingo bueno. Soleado y sin viento. Lunes: Apocalypsis Now! evolucionando a cataclismo oscuro hacia las 15 hs.

Como buenos moteros de tierra del fuego, cabezones y tercos, salimos igual. (es que ya habíamos comprado la comida, es eso)

El domingo como es costumbre, nos fuimos reuniendo en la famosa “Rotonda del Indio”, lugar de acceso a la ciudad, ubicada a metros de la salida oficial de la zona urbana. No pasó mucho tiempo hasta que todos cargamos combustible, organizamos la logística, y partimos. Con buen tiempo y mejores ánimos.

Es de destacar que ya en esa primera instancia, algunos de los viajeros, mostrando respeto por el clima, decidieron por esa causa y alguna otra, viajar en vehículos de 4 ruedas. ( y como agradeceríamos eso después!). Mas o menos la mitad eran motos, la otra, camionetas. Unos 7 y 7, si mal no recuerdo.

Iniciamos la rodada sin novedad, y como es costumbre, las motos primero y los vehículos de apoyo detrás.  Parada de rigor a la entrada de la Ruta J, y continuamos por un camino un tanto húmedo, pero que no proponía grandes inconvenientes.

Cerca de la mitad del recorrido, comenzaron a sentirse los primeros efectos del deshielo reciente… más diría, aun en proceso. Y la tierra se convirtió en barro, y el barro en arcilla resbaladiza, y la arcilla resbaladiza en dolores de cabeza. La mayoría de las cubiertas que teníamos eran con tacos, en motos Dual Sport, y mal que mal, las podíamos llevar. Solo una, la Suzuki Vstrom 1000 con cubiertas de calle, sufrió primero de los efectos deslizantes de la calzada que comenzaba a no querer perdonar a los mas atrevidos. Cuando las KLR, DR 650, Tornado y demás motos con cubiertas entancadas comenzaron a tener problemas (aunque no graves), la Vstrom ya hacía rato se había vuelto sobre sus huellas en busca de un coche mas estable y seguro con el que igualmente disfrutar el destino. Una moto menos.

No sin sentir un poco el baile frenético de la rueda trasera queriendo salirse de control sobre la arcilla resbalosa y los pozos asesinos, llegamos a la entrada del pueblo pesquero de Almanza, donde algunos perros aburridos encontraron la diversión de la semana persiguiendo contentos nuestras motos que esquivaban a rítmo de macumba los pozos, charcos y piedras que abundaban sobre el camino. Pasamos el puente, los cañones / monumento del antiguo conflicto apuntados hacia tierras chilenas (que gracias a Dios nunca fueron disparados), y la escenografía nos regaló uno de los paisajes mas hermosos de la zona, con caminos en continuas curvas y contracurvas, subidas, bajadas, bosques, vistas al mar y custodiado por paredones de rocosas montañas. Así hasta llegar al parador, donde desmontamos, nos estiramos, y poco a poco, comenzamos a disfrutar de un sol que iba prometiendo calidez, una brisa que iba disminuyendo en intensidad, y una paz propia de esas costas del Canal Beagle. Pronto llegaron los vehículos de apoyo, descargamos las provisiones, y se instalaron las hornallas para comenzar a preparar un almuerzo bien merecido.

El día domingo transcurrió alegre, pacífico, con sol, mates, tortas, charlas, alguna caminata a las cascadas cercanas, alguna salida intrépida en moto hasta la estancia Moat, y el armado pausado y tranquilo de las carpas para pasar la noche. Noche en la que el fogón para el asado, la calidez del quincho, las partidas de “truco” y las bebidas espirituosas acompañando relatos de antiguos viajes, o próximos proyectos, impregnaron de buena salud mental a todo el grupo.

Solo una voz… profunda y grave, en el fondo de nuestros corazones (o al menos en el de algunos) decía amenazante: “mañana se pudre todo”, si, así en ese tono grosero. Así que nos dedicamos a disfrutar el doble. Alea Jacta est dijo el Cesar.

Amanecer del día Lunes. De los cuatro jinetes del apocalipsis que se aproximaban, al menos dos ya habían tocado tierra. La mañana despertó lluviosa, gris, fresca, y con un viento que no se decidía si seguir soplando duro y cruel desde el sudoeste, o lento e implacable desde el sudeste… para nuestra desgracia, el Dios Eolo optó por lo segundo. Que dicho sea de paso, en otras épocas más estivales, no sería un mayor problema esa lluviecita constante cayendo sin pausa y mojando absolutamente todo. Pero en octubre…. en octubre el tercer jinete ya estaba apeándose de su bestial corcel.

Y así fue como pronto se comenzaron a elaborar planes alternativos. Las motos estaban empapadas, las carpas empapadas, nosotros empapados, el camino.. bueno, el camio cada hora era mas parecido a una sopa aceitosa que a un verdadero camino. De todas formas, nos entregamos al placer de la compañía y al ya casi listo “pollo al disco”… no hay opción, hay hambre y todos a las mesas a disfrutar del almuerzo en un mediodía fresco y lluvioso. El cuarto jinete al parecer no tenía hambre, porque aprovechó nuestro descuido para llegar a tierra él también, y pronto comenzaron a caer copos de nieve. La angustiosa vuelta se acababa de configurar. Y prestos a no perder mas tiempo, empacamos, encendimos motores, y salimos raudos. (Aunque no fue tan raudo como hubiésemos querido).

De nuevo, motos primero. Menos dos, que bajo la certeza de prudencia subieron sus patas al trailer y viajaron seguras. De las cuatro motos restantes, la Suzuki DR 650 arrancó, salió, y no se la vio más. Si había una moto adecuada para ese terreno en ese momento era la Suzuki.  Emilio en su Tornado, Lolo en su Dl650, y yo en mi smx 400 salimos juntos, luchando contra las inclemencias que iban en franco aumento; Pozos llenos de agua marrón, ripio resbaladizo, visores empañados, algunos perros menos, frío que cala los huesos, ya calados por la lluvia, motos empapadas, copos de aguanieve presagiando malos augurios, y el sentimiento de culpa de no haber salido mas temprano.

Y así recorrimos casi 30 de los 40 kilómetros que nos separaban del asfalto, que no era ninguna garantía tampoco. De hecho no lo fue, ya que al pasar mas tarde, vimos un par de accidentes vehiculares producto de las malas condiciones y el hielo acumulado en la vía. Pero volviendo a las motos…

Mas o menos, mal que mal, de una forma u otra, o como quede mas didáctico, continuamos viaje, soportando estoicamente el clima que empeoraba a cada kilómetro. Y entonces… tres… dos…. uno…..  calma total. ¿donde fue el viento? ¿que pasa con el aire? está raro. Copos.. ¿que? ¿así, de ese tamaño? nooo, no puede ser…

Si, puede ser. Copos de nieve del tamaño de un plato caían sobre la ruta desde la luz que dejaban los árboles que rodeaban el camino. Sin viento, y sin nada que los alejase de posarse y acumularse frente a nuestras cada vez mas incontrolables ruedas, de repente, y como por arte de magia, en menos de cinco minutos la blancura resbaladiza nos tomó por sorpresa y nos cayó encima como una manta blanca con la que nuestros jinetes del apocalípsis se regocijaban tendiendonos la trampa final.  Y salvo la Dr650 que salió justo a tiempo, a nosotros tres nos atraparon.

En esa instancia las motos comenzaron a perder tracción. Delante mío la Vstrom dio un trompo clavando la maleta sobre la tierra, y después de dos giros se detuvo a metros de la banquina anegada. Por suerte sin consecuencias graves. Por mi parte, me costaba controlar la moto por tres básicas y no tan elementales razones: el frío había causado que el cable del acelerador se pusiera extremadamente duro y no reaccionara con la presteza necesaria para controlar la velocidad en tan malas condiciones; mis dedos, a pesar de los guantes de pluma y los ingeriores térmicos, también se estaban congelando y perdiendo sensibilidad, aumentando así​ la disfunción de todo el sistema. Y a todo aquello había que sumarle el estado del camino con casi 2 cm de nieve mas la arcilla de fondo, y la caída natural de la calzada hacia los costados. Todo un conjunto de efectos que lograron hacerme perder el control, y terninar desparramado en el suelo ¡por primera vez en mi vida! si, según algunos, me acababa de bautizar como motero. No fue grave, venía muy despacio, pero mi pié quedo atrapado bajo la moto, ya que estaba sentado muy encajado entre el equipaje y no pude soltar a tiempo la máquina. Pero la bota Gaerne cumplió perfectamente su función protegiéndome el pie sin un rasguño ni dolor. El traje de agua sufrió el desgarro en brazo y pierna, mi codo un moretón sin importancia, y las defensas laterales de la moto un poco hundidas y raspadas, también cumplieron perfectamente su cometido al proteger el pedal de freno y las cachas. Una caída con suerte. (suerte que venia despacio). A esa altura decidimos parar. No tenía sentido seguir así y arriesgarnos a cosas peores. Al mirar hacia la izquierda, una casa nos pareció la mejor opción para algo que parecía vergonzoso pero era lo mas prudente: Dejaríamos las motos a resguardo allí, y seguiríamos en los vehículos de apoyo. En ese momento vuelve la Tornado que al no vernos por los retrovisores, a pesar del riesgo giró 180 grados y volvío a buscarnos para encontrarse con el panorama de ajetreo que había en medio de la ruta. El dueño de la estancia estuvo de acuerdo, y allí mismo, bajo un Ñire (árbol autóctono) tan sorprendido como nosotros, dejamos descansar las tres máquinas y empapados, golpeados y frustrados nos subimos a un motor home, y tomando mate volvimos a la civilización. Al día siguiente planificaríamos el rescate de nuestras motos.

Día Martes, no te cases ni te embarques. Pero rescata tu moto!
Coordinamos los tres en dos pickup, y fuimos a buscar las motos dejadas a 50km. El clima no había mejorado mucho, así que el plan desde un principio fue cargarlas en las camionetas. Lo hicimos y volvimos, descargando en cada domicilio las embarradas motos, y organizando las reparaciones y lavado en el primer día soleado que apareciese. Fue recién al sábado siguiente. 

Asíes la Tierra del Fuego. Todo puede suceder en un solo día, y siempre hay que estar preparado. Pero supongo que esa es la esencia de la aventura.

Buenas rutas, hasta la próxima.

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