Viaje a Puerto Natales, Chile

La Aventura del Viento (parte I)

La planificación:

En una noche fresca de principios de septiembre, con el cielo encapotado y una llovizna impersonal humedeciendo todo en su camino, cinco motoviajeros desvelados nos concentramos en la casa de Enrique Witheman (Quique), quien nos agasajaría con una picadita y luego asado, con la intención de planificar  la próxima aventura. Éramos además del anfitrión, Claudio Gambadoro, Héctor Varela (Lolo), Gustavo Ruiz, Héctor Amantini, y yo.

Destino: Puerto Natales, Chile, para asistir al 2do Motoencuentro Internacional de esa ciudad. Claro, el motoencuentro fue la excusa perfecta no solo para reunirnos, sino para iniciar una aventura, o al menos planificarla, que ya es bastante.

Luego de sabrosos choripanes con sazonado casero, excelentes carnes y embutidos con queso, mas algunos vinos y/o cervezas, decidimos partir el día jueves 21 a la tarde, cuando finalizáramos nuestra jornada laboral. Por mi parte, solicito los permisos para el viernes 22, y por las dudas, el lunes 25 para ausentarme del trabajo.

Nos despedimos a media noche, ilusionados con la cercana travesía, y con los listados de rigor sobre equipo y hojas de ruta.

Dias después

Vale decir que en los días posteriores a la reunión abundó la navegación por los mapas de Google, la configuración de mapas electrónicos en GPS, la marcación de puntos de interés en las rutas, y por supuesto, gestionar la reserva de los hospedajes para las 2 noches en Chile, donde a través de Booking reserve el hospedaje JC Hotel. Una habitación doble, y una triple, a buen precio, con desayuno y parking exclusivo.

Antes del viaje, Día -3

Casi llegando al día D, Gustavo desiste de viajar por problemas económicos, y después de las bromas y comentarios inevitables sobre su supuesta cobardía, lo dejamos en paz y cada uno continuó con sus tareas organizativas. Mi principal preocupación: el estado de la moto luego del invierno a la intemperie.

Antes del viaje, Día -2

Me dedico a realizar mantenimiento básico de la moto: remoción de oxido, lubricar cadena, limpieza de cables, ajuste de tornillos, y repaso general.

La cosa no pinta bien. Limpio varias partes con alambre de bronce para quitar el óxido acumulado, lubrico, engraso, ajusto. De pronto, un cable colgando llama mi atención: NO! A causa del sulfato por la sal y la humedad, el positivo que va del regulador al diodo (porque esta moto lleva diodo), se había cortado, y el negativo estaba a punto de. Grave problema, ya que la batería no carga sin el diodo, y la tensión no es pareja en todo el sistema eléctrico de la moto. Lo peor, es que no se consigue es diodo muy fácil, menos en esta ciudad.

Antes del viaje, Día -1

La moto no arranca. No carga la batería, que además está muerta. El asunto es grave.

Solicito turno urgente en el taller de Horacio Gartner. Gracias a su excelente predisposición, acomoda un sobre turno para poder dejar la moto. Compro una batería nueva (¡me limpian el bolsillo!), la instalo y la arranco. La llevo a lo de Horacio que la comenzaría a ver de inmediato. Pero ya es tarde, el día termina y recién para el día siguiente, con suerte al mediodía, podría llegar a estar lista. Podría…

Jueves: Día 0, El viaje

El día de hoy voy a trabajar preocupado. Las maletas, bolso y equipo están listos en casa, pero falta el ingrediente principal: La moto.

Los chicos están ansiosos. Quieren salir. Casi todos están listos. Tomo el teléfono y marco el número del mecánico… suena, suena, mis nervios son visibles para todos en la oficina. Mi cara al cabo de unos minutos más aún: malas noticias, la moto esta desarmada y aun en verificación. Hay que rutear los cables, reemplazar el regulador y construir un nuevo diodo desde cero.

Mi estado de ánimo comienza a decaer bruscamente. Horacio me dice que no cree que esté terminada antes de las cinco de la tarde. Escribo en el grupo de WhatsApp que creamos para el viaje y les cuento las novedades a los demás.

Son las doce y media, y los aliento a salir. Nos prometemos encontrarnos mañana en algún punto de la ruta, o a lo sumo en el hotel.

Trece horas, y leo los últimos mensajes cuando se reúnen en la rotonda de salida. Partieron. Su aventura acaba de comenzar.

Jueves: Día 0, 5:00 pm

Llego a casa desolado. Aún así, me pongo la chaqueta Rev´it, busco el casco, los guantes, y le pido a mi cuñado que me pase a buscar y me lleve al taller, con la esperanza de ver la moto lista.

Golpeo, entro al taller y la veo. Horacio me saluda alegre. -“La moto esta lista!” me dice, -“No sabés lo que me costó”- sí, me lo imagino. No sé cómo lo hizo, pero la ponemos en marcha y arranca perfecto. Qué alegría!.

Le agradezco inmensamente el trabajo realizado, le pago, y la llevo a casa. –“Princesa, mañana salimos” le digo. Pero ambos sabemos que nos iremos solos.

Esa noche ceno con mi familia, cosa que no esperábamos, y me acuesto temprano. Mañana será un día de incertidumbres. Pero nada debería salir mal.

Viernes 22, Día de la salida en solitario

Suena la alarma del celular, pero yo ya estaba despierto. Nos levantamos todos; desayunamos breve y salimos. Mi esposa al trabajo, mi hija al jardín, y yo, a la ruta. Salgo de casa con el equipaje para armar la moto.

8:30 am: Primer contratiempo. Las maletas tienen una sola posición, y por un descuido, las había cargado al revés, dejando el bidón de combustible del lado del escape. En medio del estacionamiento del hotel que está frente a mi casa, donde dejé la moto, tuve que vaciar ambas maletas, cambiar contenido de una a otra y luego colocarlas en los portamaletas laterales (tarea compleja dado el diseño de los valijones). Ajusto el bolso en el portaequipajes trasero, coloco el bolso estanco sobre el asiento, ajusto traje, casco y guantes, y al fin… comenzamos a movernos.

9:20 am: Cruzo el portal de salida de la ciudad. El oficial de control me hace pasar sin parar, gesto que agradezco con un saludo y acelero rumbo norte. Ahora sí, empieza la aventura.

Día 1 en solitario, Primeros kilómetros

El clima es agradable. Hace un poco de frío, pero gracias a las protecciones de la ropa, casi no se siente, y voy bastante cómodo. Llevo traje marca Duhan Adventure, con el interior de un Rev´it y primera piel térmica, en cuerpo y piernas. Guantes Komine con interior de pluma, y guantes primera piel. Botas Gaerne Adventure, medias térmicas, un buff, y casco LS2 436 Pioneer.

Llegando a los centros invernales, la cantidad de nieve acumulada a los lados de la carretera es cada vez mayor. Por momentos, especialmente en las curvas con cierto peralte, el agua de deshielo que escurre por la ruta se ha congelado, haciendo que la moto se vuelva algo inestable, pero son solo pequeñas fracciones de menos de un metro de ancho. Pienso que aunque no sea gran cosa en esta zona, es un fiel indicador de la temperatura baja del aire. En zonas más altas, el congelamiento será peor.

Comienzo la aproximación a la subida en caracoles hacia el Paso Garibaldi. Es el paso a través de los Andes, que une Ushuaia, única ciudad transandina Argentina, con la ciudad de Tolhuin, en el centro de la Isla de Tierra del Fuego.

En ésta parte del Cono Sur, los andes tuercen su alineamiento de oeste a este, atravesando por el medio a la Isla. Ushuaia se ubica entre el Canal Beagle, última frontera sur Argentina, y los Andes.

Luego de varias curvas cerradas hacia un lado y el otro, esas que tanto placer dan montando en moto, me acerco al paso propiamente dicho. Algunos conductores que cruzan por la mano contraria me hacen señas como diciendo que baje la velocidad. Al principio me sorprendo, porque no estoy yendo muy rápido, pero inmediatamente comprendo el por qué del aviso: la ruta se convierte en un campo de hielo lavado, que cubre todo el pavimento, hasta la nieve congelada depositada en las banquinas. Casi en ese mismo instante, la moto comienza a perder estabilidad. Bajo automáticamente los pies (En una moto trail, al ser tan alta, conviene bajar el centro de gravedad, y eso lo pude lograr llevando los pies al ras del suelo. Enciendo el guiño y me detengo en la banquina. Al bajar de la moto casi me voy al piso por lo resbaloso. Decido aplicar “cadena líquida” a las cubiertas. Un spray de silicona que había comprado unos días atrás. Hecho eso, comienzo a circular por la banquina donde la nieve congelada me brinda más agarre que el hielo en la ruta, y así llego hasta el paso, y al cruzar del otro lado, el pavimento solo está mojado, pero me permite volver al camino y aumentar la velocidad con más seguridad.

Todo el asunto del paso congelado le sumó minutos vitales a mi ya retrasada partida. Pero hay que seguir. De eso se trata ¿no?.

Ya a 111km de casa, llego a Tolhuin. Antes Comuna, en el año 2012 fue declarado como Ciudad, y es hoy una de las tres ciudades que posee la Isla de Tierra del Fuego en territorio Argentino. El lema en su bandera es “El Corazón de la Isla”, por encontrarse justamente en el centro neurálgico entre las ciudades de Ushuaia y Rio Grande.  Su nombre deriva de la voz Tol-wen, que en lenguaje Selk-nam significa “corazón”. Se encuentra enclavada en la cabecera del Lago Fagnano, un lago de origen glacial, de casi 100km de largo, cuyo extremo oeste se encuentra del lado chileno.

Me detengo en la YPF, un acto casi de rigor, para descansar un poco, beber agua, chequear neumáticos… oh…. ¿qué pasó ahi? La rueda trasera parece estar más blanda de lo normal…

Por esas cosas del destino, al circular por la banquina en el Garibaldi, una parte oxidada de una chaveta, u horquilla para el pelo, o algo similar, se insertó en la rueda trasera causando una pinchadura. Lentamente la presión del neumático se fue reduciendo, y luego de 50km, ya era bastante notable. Antes que se desinfle completamente, subo a la moto y me dirijo hacia la gomería a unos 300 mts. hacia atrás.

Al llegar debo esperar unos 25 minutos a que salga una camioneta que estaba siendo atendida, y mientras tanto voy quitando la rueda. Al no poseer caballete central, levanté la moto con una madera que llevo para eso. Nada tecnológico pero resultó bastante efectivo, aunque la intención era usarla al lubricar la cadena.

Llega mi turno, y para mi sorpresa, el hombre (cojo y con un solo ojo), dice no saber nada de ruedas de motos, no encuentra las herramientas adecuadas, y tras varios intentos infructuosos de desarmar la cubierta, se da por vencido. Claro, para mi pesar. Mientras me convida con unos mates, que bienvenidos fueron, ya que hacía un frio que calaba los huesos, se le ocurre llamar por teléfono al que sabía de eso: el dueño del local, y poseedor de una xr250 naranja que descansaba ahí dentro, y que yo ya había descubierto con algo de optimismo.

Quince minutos más tarde, el buen hombre aparece, saluda, toma un par de mates, y pone manos a la obra. En diez minutos más, me devuelve la rueda emparchada, inflada, y lista para colocar. No me demoro en la tarea, ya que cada minuto perdido significaba conducir de noche, con mal clima.

Luego de agradecer, pagar, sacarnos una foto, y pegar un calco de la gomería en la maleta, como recordatorio del primer incidente, vuelvo a la estación de servicio para lavarme las manos, beber agua, y continuar 102 kilómetros hasta la ciudad de Río Grande.

Este lugar es especialmente susceptible  a vientos extremadamente fuertes provenientes del mar. Al cabo de pocos kilómetros se hizo omnipresente marcando así un estado que no variaría en todo el viaje de ida, ni de vuelta.

Me muevo a una velocidad promedio de 100km/h, y llego a la próxima estación de repostaje, donde esta vez sí cargo combustible. Esta es la última estación grande que voy a encontrar, donde puedo pagar con tarjeta y conseguir todo lo necesario. Queda en un camino relativamente nuevo, que evita tener que entrar en la ciudad y corta camino hacia la frontera. Cargo combustible, chequeo el neumático, y sin mucha más demora, recorro los próximos 90km restantes hasta el paso fronterizo San Sebastián.

“Lo alcanzo cansado de luchar contra el viento, y tan tarde que me replanteo la continuidad del viaje”

 

Faltan alrededor de 500km para alcanzar el destino. Son las 03:00pm y además del viento que cada vez es más fuerte, aún me quedan los trámites fronterizos y unos 20 a 30 km de ripio, ya que todavía no está totalmente terminada la ruta chilena hacia la Primera Angostura, donde hay que abordar un ferry para ir al continente.

Decido preguntar en la hostería del Automóvil Club Argentino por una habitación. Pero no. Hasta las 6pm no podrán confirmarme si hay disponibilidad, porque quien se encarga de las reservas llega a esa hora (generalmente).

No importa, sigo. Del lado chileno hay otro hospedaje. Hago los trámites de migraciones y cruzo rápidamente ya que no había casi personas en esos momentos, salvo un par de coches y un motero en una Harley que también iba al encuentro, y también estaba tarde. Nos saludamos y me dice que hará noche en Punta Arenas, lo cual me parece acertado. Al salir, recorro los 11km de ripio que separan las dos fronteras, y de la misma forma sencilla me encuentro al fin del lado chileno. Me detengo a unos metros, en la  puerta de la hostería. Pienso. Miro el cielo (hay nubes poco amistosas), miro la moto (¿aguantará bien?), miro la hora (es muy tarde para alcanzar cualquier destino de día, pero demasiado temprano para quedarse ahí sin hacer nada). Tomo una decisión. Pongo primera, y me adentro en el camino de ripio hacia la balsa.

La ruta que va a Onaisin está siendo pavimentada desde hace un par de años. Es una de las dos vías que lleva hacia el balseo, que cruza el estrecho de Magallanes para acceder al continente. Ya casi está completa, pero aún quedan algunos inciertos kilómetros de ripio, tierra, consolidado, incluso barro, arena o cosas peores. Pero no es mucho (eso dicen los que pasaron por allí hace poco). Antes era un suplicio circular por allí. Mucha piedra, camiones, viento, y ningún lugar donde parar por al menos 120km. Pero ahora todo va bien. En breve alcanzaré el reluciente hormigón con que están construidas las rutas chilenas.

Fueron tres tramos de ripio (pista) que juntos no suman más de 25km, no muy difíciles de conducir, sobre todo porque a esas horas y a esta altura del año no hay mucho tránsito. Alcanzo el balseo Bahía Azul a eso de las 6pm. En una hora y media más, el sol se pondrá en el horizonte y la cosa se va a poner más áspera.

La balsa se encuentra a mitad del canal, por lo que no demora mucho en alcanzar la orilla, vaciar su vientre de buses y camiones, y volverlo a llenar insaciable de nuevos vehículos, incluidas dos motos. La mía y la Harley.

Veinte minutos después, desembarco en el continente. Ya está. Lo peor ya pasó. Un alivio extraño invade mis sentidos. Siempre fue un trastorno mas emocional que real el hecho del paso de las fronteras, el balseo, y la ruta difícil, y una vez alcanzado el otro lado, la sensación de tranquilidad aumenta notablemente, y con ese ánimo acelero en dirección oeste, por el camino que me llevará hacia la bifurcación. Allí tomará la decisión final, pero a estas alturas poco cuesta imaginarse cual será.

En mitad del camino pruebo suerte en San Gregorio. El único posible repostaje de combustible en la zona. Pero como era de esperarse, solo vendían gasoil. Sigo. La suerte está echada: con los 22 litros del tanque de combustible cargado en San Sebastian (junto a la hostería) y los 5 litros del bidón extra que llevo en la maleta, no alcanzo a llegar a Puerto Natales. En la bifurcación tomo inevitablemente el camino hacia el sur, en sentido contrario a mi destino, y con las últimas luces de un sol moribundo, paro a vaciar el bidón en el tanque. Tomo una foto de la moto en la oscuridad, y con la luz alta encendida, sigo camino hacia Punta Arenas.

Llueve, sigue ventoso, y es de noche. Las luces de mi moto no alumbran todo lo que me hubiera gustado, y además el cansancio hace su parte. Por suerte los conductores en las rutas chilenas son al menos respetuosos con los motociclistas, y me daban el suficiente aire como para no sentirme en peligro. De hecho, aunque más rápido de lo prudencialmente aconsejable, decidí posicionarme unas decenas de metros detrás de una pickup que viajaba a una velocidad regular, para utilizar sus luces como guía.

En poco tiempo el campo termina y entro de lleno en la ciudad de Punta Arenas por la autovía, que desemboca directamente en el centro de la ciudad. A pocas cuadras de la plaza central, recordaba un hostal al que había ido con mi familia. Hacia allí me dirijo, porque además de conocer el lugar, tenía un plan B: un hostal a doscientos metros, que ellos mismos recomendaban. Así que estaciono la moto, intento desmontar de la manera más elegante posible (porque estaba duro como un maniquí) y voy hacia la entrada. Un joven me atiende (claramente un huésped) y me cuenta que todo el hostal está reservado para una convención estudiantil: Plan B activado. Me muevo un par de cuadras más, y toco la puerta del hostal. Luego de corroborar que tenían lugar, me invitan a entrar la moto al parking privado, y me dan una habitación triple (la única disponible) pero al precio de una single. El desayuno está incluido, la moto dentro del predio cerrado, la habitación amplia y con ducha caliente, tres camas para desparramar mi equipaje, y lo mejor, un precio super razonable. En definitiva, un paraíso luego de tanto viaje.

Solamente faltaba un pequeño susto mas antes de cargar combustible en mi estómago y entregarme en los brazos de morfeo. Al quitar el adaptador USB-12V del manillar de la moto, un estallido (o varios) de chispas y hasta llamas surgen del toma. Me asusto gravemente, ya que pensaba que toda la fusiblería y sistema eléctrico de la moto se estaba friendo. Al cabo de unos segundos, que parecieron varios minutos, el fuego cesa, y puedo ver el problema. El adaptador, de malísima calidad, se había roto, y las partes metálicas quedaron sueltas dentro del toma de 12v, haciendo masa y en corto. Me puse pálido, y recordé las palabras de mi mecánico antes de salir –“no te olvides de comprarte unos fusibles de 10 amperes, por las dudas”- Y no, no los compré. Me olvidé, como me había olvidado la cámara (de rueda) de repuesto, que por suerte no tuve que usar. Implorando a todos los santos locales y extranjeros, coloco la llave y…. brrmm….. alivio! Todo funciona. Con una ramita  termino de quitar las piezas y me digo a mi mismo que voy a ir a tirar esa maldita cosa al más profundo de los infiernos, o basureros, lo que encuentre primero.

Me cambio de ropa por algo más cómodo y urbano, y camino hacia un bar-restaurante que había visto cuando llegaba, a solo trescientos metros. Resultó ser un lugar muy alegre, con show humorístico en vivo, comida súper gratificante (y abundante) ¡qué deliciosos esos menjunjes chilenos de cerdo, carne, salchichas, verduras y vaya uno a saber qué otras cosas!. Genial. Sumado a un vaso gigante de cerveza, era todo lo que necesitaba. Ese era el mejor premio para tan larga y complicada jornada. Duchado, alimentado, relajado, no necesitaba nada más. Vuelvo a la habitación, conecto el wifi, escribo a mi familia y me voy a dormir preparando la mente para el día que sigue.

 

4 Replies to “Viaje a Puerto Natales, Chile”

  1. Muy buen relato Augusto.
    Un viaje en principio dificil, pero la tenacidad te llevo a seguir adelante…
    Felicitaciones!
    Lo más reconfortante del viaje es llegar… y esa cena con cervecita…
    Dormis como un bebé…
    No me digas….

    1. Totalmente! Con la felicidad de haber llegado, el cansancio, y la cervecita… A descansar, y como faltaban pocos kilómetros, tampoco era para madrugar mucho que digamos

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